En palabras de Silvia Arango, las iglesias elementales arquitectónicamente estaban constituidas de la siguiente forma: Una sola nave, angosta y profunda, muros de tapia pisada cubiertos con una estructura en madera –de par y nudillo- sobre la que se colocaba la techumbre de paja o teja. “Caja rectangular” horadada por unas pocas ventanas, con una segmentación espacial interna insinuada por unos pocos elementos: el arco toral, que enmarca el altar; el coro alto a la entrada y la concavidad formada por los tirantes y el techo mismo. Sobre esta arquitectura desnuda se aplicaba una película ornamental, con pinturas sobre los muros o con retablos tallados a manera de telón de fondo del altar. Generalmente, el muro principal se elevaba unas varas por encima del techo, con el fin de formar un campanario –o espadaña–. La apariencia exterior se completaba con un tratamiento especial de la portada de entrada. Más que una fachada, era un cerramiento con dos elementos destacados: la espadaña ó el campanario y la portada.