NOTAS SOBRE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS DE LA LITERATURA SANTANDEREANA DEL SIGLO XIX

NOTAS SOBRE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS DE LA LITERATURA SANTANDEREANA DEL SIGLO XIX

a)    La familia y el matrimonio:

Flanqueado por formaciones montañosas andinas y una espesa selva ribereña, el entorno territorial santandereano combina factores geográficos propicios para el aislamiento físico y social de las comunidades allí instaladas. A partir de ello, sus habitantes adoptaron progresivamente una personalidad de “hombres austeros y laboriosos, hechos a la medida y semejanza de un paisaje inclemente y predispuestos a asumir una pobreza digna y limpia” . Algunas obras pioneras de la literatura regional nos da una aproximación al arraigo de dichas concepciones en la sociedad santandereana de segunda mitad del siglo XIX.

En su novela Resignación (1863) el escritor piedecuestano Daniel Mantilla Orbegozo recrea la peculiar historia de las hermanas Luisa y Blanca, quienes tras la muerte de su padre a causa del conflicto político partidista se ven condenadas a la pobreza y marginalidad social. A partir de la ruptura ocasionada con el matrimonio de una de las hermanas, y su alejamiento a una vida más acomodada, el relato denota la inusitada preocupación de entonces por la confrontación de los valores y formas tradicionales con un espíritu emergente, caracterizado por el egoísmo y la falta de solemnidad .

En una línea similar, Escenas de nuestra vida: Los dos amigos (1873) de la veleña Pomiana Camacho de Figueredo aborda las reflexiones retrospectivas de Carlos y Arturo, dos amigos de infancia que se reencuentran en la adultez avanzada para compartir sus experiencias de vida. Desde allí la autora describe lo que considera una forma de vida “descompuesta y sumida en el nuevo sistema de valores, donde el dinero, su búsqueda y su tenencia serán la única preocupación del hombre”[3]. El olvido e irrespeto por la familia y la contravención a los preceptos inculcados desde ella son representados en esta obra como fuertes catalizadores de vicios y conductas indebidas. De antemano he referido que fui desaplicado y desobediente con mis padres. No contaba con ellos, porque los desagradé entrando en la carrera del mundo muy temprano; entregando mi corazón a todos los desordenes”[4], decía Carlos a su amigo a Arturo sobre su juventud.       

Como se observa, la reciedumbre altanera y el autonomismo de los santandereanos, forjados alrededor de un exigente modelo de trabajo basado en la combinación de la artesanía domiciliaria con la aparecería campesina[5], contribuyeron a configurar su mentalidad tradicionalista. Crecer entonces en una familia estructurada acorde al parámetro socio-religioso predominante representaba la oportunidad de acceder a ciertos beneficios u oportunidades. La figura de un padre cabeza de hogar era entonces un referente identitario significativo, influyente tanto en el delineamiento de la vocación económica y política como en la adopción de determinadas costumbres[6].

 

Si bien surgieron algunas modificaciones parciales, la percepción generalizada de la familia de mediados del siglo XIX no denotaba una ruptura significativa con lo establecido previamente. Aunque predominaban las uniones informales, aun se ennoblecían las alianzas establecidas a partir del matrimonio católico e indisoluble[7]. Al parecer en medio de las fuertes convenciones sociales hubo más de una opción a elegir, por lo que asimilar una determinada forma de unión familiar tenía una prefiguración asociada con las convicciones políticas, las condiciones económicas y el bagaje cultural correspondientes a cada caso.   

 

Rasgos característicos de las representaciones del matrimonio en Santander a finales del siglo XIX fueron bosquejados por Cándido Amézquita en La Mujer infiel (1886). Mediante la descripción de los padecimientos de Expósito a causa de las infidelidades de su esposa Liberta, esta novela le asigna a la unión nupcial una función armonizadora de vital importancia en la sociedad, a través de la cual se consagra unívocamente el amor y es posible que la mujer reciba del hombre la necesaria protección a sus bondades[8]. Ante semejante magnitud, las repercusiones del irrespeto al matrimonio perpetrado por Liberta justifican y dilucidan la visión tradicionalista de la época: si hubiera comprendido cuanto valía su esposo (…) indudablemente hubiera sido muy feliz, muy feliz al lado de su marido trabajador, honrado, tierno y generoso, y hubiera labrado su felicidad”[9].        

 

El arraigo de esa inercia tradicionalista es también perceptible en el carácter de la literatura santandereana previamente referenciada. Esfuerzos como el de Mantilla Orbegozo por plasmar en Resignación una prosa pulida y una trama elocuente no fueron la regla común en las obras literarias elaboradas durante el siglo XIX en Santander. Con Escenas de Nuestra y la Mujer infiel, Amézquita y Camacho de Figueredo se concentran respectivamente en que sus obras funjan de instrumentos para la difusión y conservación de concepciones determinadas sin detenerse en contemplaciones artísticas muy elaboradas. Bien se ha destacado el propósito aleccionador asumido generalmente por las experiencias literarias de la época, derivado del contradictorio contexto político[10].

b) La educación:

Junto a la familia, la educación es un mecanismo central para la reproducción de valores y conductas determinadas en una sociedad, lo cual se evidenció claramente en el contexto de reformas novedosas en el proceso de construcción estatal colombiano experimentado a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En 1863 se proclamó en Rionegro (Antioquia) la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Con ella y en medio del ascenso al poder del liberalismo radicalse afirmóel fortalecimiento del sistema federal, la amplia consagración normativa de derechos individuales y el predominio del legislativo sobre el ejecutivo[11]. Desde su ordenamiento como Estado Soberano en 1857, Santander había adquirido un protagonismo en la escena política liberal que se reforzaría precisamente con los procesos generados por la nueva carta constitucional[12].   

           

Los abanderados del proyecto radical se propusieron erradicar los vestigios persistentes del dominio monarquista hispánico, para organizar a Colombia como una sociedad republicana tutelada por un estado laico y el librecambio económico. Dicho ideal se forjó en estos individuos a partir de su conocimiento de los postulados de Bentham, Tracy, Voltaire y Rousseau— aderezados con la prosa de Dante, Víctor Hugo, Dumas y Lamartine— y por las vivencias personales de sus viajes a Europa o los Estados Unidos[13]. En este mosaico conceptual-experiencial la educación se constituía transversalmente en un aspecto clave para la adopción de los más altos principios legados de la modernidad liberal.          

 

Entre las acciones que permitirían la anhelada “civilización” de los colombianos y su enrutamiento hacia el progreso, el liberalismo radical concibió la labor educativa como la formación de una ciudadanía ilustrada que en ejercicio de su autoconciencia cumpliera los principios de libertad, racionalidad y autonomía[14]. La dimensión de semejante compromiso implicó todo un replanteamiento de las concepciones sobre la educación vigentes en la época, tanto de los contenidos y métodos de enseñanza como de las responsabilidades y compromisos estatales en la dotación del sistema educativo.  

 

Para entonces era necesario superar las adversidades de un contexto signado por la baja supervisión a los estudios superiores, profundas carencias físicas y de educadores en las pocas escuelas públicas existentes y el desconocimiento en la población de las ventajas de la formación escolar[15]. Frente a ello la élite intelectual del radicalismo ideó un proyecto de transformación cultural masivo que contemplaba la difusión del utilitarismo, el sensualismo y la moral laica en forma homogénea[16]. En razón de la estrecha vinculación de los santandereanos con el proyecto radical, no era de extrañar entonces que en dicho entorno se idearan algunas alternativas del modelo educativo propicio para lograr una transformación efectiva de la sociedad.  

 

Tras diversas discusiones, propuestas y realizaciones parciales, orientadas por una intención coherente de las administraciones previas, los anhelos del radicalismo liberal se verían consumados en la reforma educativa de 1870. Con la promulgación ese año del Decreto Orgánico de Instrucción Pública, el gobierno de Eustorgio Salgar dio cabida al primer esfuerzo integral por establecer un sistema educativo público en Colombia[17]; mediante la implementación de visiones  curriculares encaminadas a orientar la labor pedagógica en función de las nuevas perspectivas que se le asignaban respecto a la formación de ciudadanos y la consolidación de una sociedad republicana.    

   

En particular el Decreto Orgánico de la Instrucción Primaria reunía principios básicos como: la obligatoriedad de la educación, el desarrollo de la iniciativa del educando bajo orientación del maestro, la trasmisión de valores de nacionalismo y ciudadanía, una formación laica sin predominio de un culto religioso particular, la promoción del contacto con la naturaleza y la educación física, el desarrollo de una enseñanza interpretativa antes que memorística y la afirmación de la autonomía individual de los educandos[18]. Preceptos que denotan fehacientemente la asimilación de los referentes europeos que impregnaban todo el proyecto político-ideológico del radicalismo colombiano.

 

A pesar de las dificultades en su aplicación plena, la reforma educativa de 1870 tuvo un impacto considerable en el Estado Soberano de Santander gracias a que allí se había consolidado previamente un programa formativo propio, el cual se compaginó con las disposiciones centrales del Decreto Orgánico de Instrucción Pública; de ahí los bueno niveles de asistencia a las escuelas públicas santandereanas registrado entre 1870 y 1875[19]. Ahora bien, el liberalismo radical promovió la autonomía como principio esencial para promover la transformación de la sociedad colombiana[20]. Más allá de la retórica insuflada, el énfasis asignado por los gobiernos radicales a la instrucción básica de toda la población puede interpretarse a modo de una orientación hacia el autonomismo de los educandos.

 

Las escuelas oficiales se centraron entonces en brindar a estos individuos las orientaciones indispensables en el desarrollo funcional de sus actividades cotidianas, lectura, escritura y nociones matemáticas, de modo que pudieran potenciarlas a beneficio de sus condiciones materiales y espirituales; pero el trasfondo de dicho propósito parecía tener implícito el interés de inculcar también un compromiso personal de búsqueda y aprovechamiento formativo aun fuera de las aulas de clase.

 

Como señaló Nepomuceno Navarro en algunos apartes de su novela El Camarada (1871), la sociedad colombiana entendió tempranamente que por el predominio de relaciones clientelistas la educación no necesariamente garantizaba el acceso a un empleo determinado, ni promovía directamente el ascenso social. Así lo dejaba claro “El Camarada” a sus amigos: “Seguramente te has entregado mucho al estudio, y esta es la causa de tu enfermedad. Tiempo perdido (…) pues en nuestra patria los sabios hacen el papel más desairado, si a su instrucción no le acompañan un bolsillo repleto de amarillas”[21].

 

c) Política y guerras civiles:

 

Aunque El Socorro fue la capital del Estado y congregó un predominio avasallador en la escena radical, para el último tercio del siglo XIX Bucaramanga tenía ya una importancia considerable en el entorno santandereano; no se mantuvo al margen de los principales procesos y acontecimientos  del horizonte político de entonces, configurado por la exacerbada confrontación de intereses partidistas a través de las guerras civiles[22]. La oposición del clero y el conservatismo a las medidas educativas radicales, sumada a la crisis en las exportaciones colombianas a partir de 1873, configuró la polarización que desencadenaría la confrontación armada de 1876; en la cual el Estado de Santander tuvo una participación militar y política definitiva a favor del radicalismo[23].

 

Más aún, el entorno político santandereano de finales del XIX se vio marcado por otra problemática significativa: los sucesos desarrollados en 1879 por “Los Pico de Oro”. En el entramado de ambas situaciones se trazaron polaridades político-económicas ampliamente conflictivas, alrededor de las cuales se alinearon diversos sectores sociales y se generó todo un proceso de identificación colectiva. Los controversiales comicios presidenciales de 1875 confirmaron la división interna del liberalismo colombiano, precisamente configurada entorno a quienes encabezaron dicha disputa electoral, Rafael Núñez, al mando de la facción reformista, y Aquileo Parra, en representación de la facción radicalista tradicional[24].

 

La confrontación de estos bandos adquirió especiales connotaciones en Santander debido al papel desempeñado por Solón Wilches, quien tras ser destituido en la jefatura de la Guardia Colombiana y confrontar políticamente al propio Parra decidió liderar las iniciativas regeneradoras del nuñismo[25]. Las contradicciones generadas por la figura de Wilches no fueron constantes ni expresaron un compromiso pleno con una causa determinada, por el contrario, se mostraron volubles según las necesidades e intereses de su “proyecto político” personal[26]. Fiel expresión de ello fue su transición entre el liderazgo de la resistencia armada santandereana en la guerra civil de 1876 a favor del gobierno radical; el alineamiento con las fuerzas reformistas del independentismo liberal representadas por el presidente Julián Trujillo a partir de 1878; y su apoyo en la fuerzas conservadoras alinderadas en el proyecto regenerador nuñista[27].

  

Al ya complejo escenario de dichas divergencias se sumaron las contradicciones derivadas de los sucesos septembrinos de 1879 en Bucaramanga, enmarcado en la emergencia de los sectores populares como grupos políticos autónomos y su relación con las élites monopolizadoras del ejercicio gubernamental. Aunque el apoyo brindado al golpe estatal de Melo (1854) motivó su discriminación en los círculos partidistas, sociedades democráticas como “Los Picos de Oro” fueron una forma de sociabilidad política favorecida por las disposiciones del radicalismo liberal respecto a la libertad de asociación y expresión[28]. Así, tales agrupaciones se constituyeron progresivamente en actores beligerantes de las discusiones políticas y socioeconómicas del momento.   

            

Un aspecto central de los señalamientos promovidos contra las sociedades democráticas fue la asociación de la condición humilde de sus miembros con prácticas y creencias “poco civilizadas” como la vagancia, el delito y la insolencia. Nepomuceno Navarro esbozó esta situación con su novela El Zapatero (1871), a través del lamento en uno de sus personajes sobre las negativas representaciones establecidas hacia los sectores artesanales: “el gobierno toma siempre un decidido empeño en atormentar y hacer sentir el peso de la autoridad sobre los artesanos o labriegos; se nos persigue como vagos… a nosotros que bajo el peso del trabajo duro, buscamos con honor la manera de satisfacer nuestras más imperiosas necesidades”[29].

 

Un nefasto incentivo al desarrollo de tantas guerras civiles en Colombia durante el siglo XIX fue el escaso carácter resolutivo de las mismas. Nunca en ellas el bando triunfador logró integrar adecuadamente a los opositores en su proyecto político; en realidad las conclusiones de una disputa incubaban el germen de la siguiente[30].

A mediados de 1884, los controversiales comicios presidenciales del Estado de Santander expresaron fidedignamente el enfrentamiento entre un radicalismo acorralado y el vigoroso proyecto regenerador nuñista. El rechazo de los liberales santandereanos a la continuidad del proyecto político de Wilches —criticado además del fraude electoral por su cercanía con “Los Picos de Oro” y la tardía reacción gubernamental ante “Los sucesos de Bucaramanga”— fue en el resto del país una bandera de lucha para quienes contrariaban el retorno al solio presidencial de Rafael Núñez; mas este asumió dichas circunstancias como una oportunidad estratégica para derrotar a los radicales y consolidarse en el poder[31].

Si el litigio electoral en Santander fue el “chispazo” que originaría la guerra, a las riberas, valles y playas de la costa Caribe correspondió ser el escenario de las confrontaciones definitivas. En razón de ello, las milicias liberales de Bucaramanga —con Bartolomé Rugeles a bordo— se  integraron en su mayoría al contingente comandado por el general Gabriel Vargas Santos, quien tras un recorrido iniciado en las llanuras del Casanare, con escalas en Boyacá y Santander, remontó la ribera del río Magdalena para unirse a las tropas del General Ricardo Gaitán Obeso en Barranquilla, a mediados de 1885[32].

 

Tras el fracasado intento de sitiar Cartagena, se acrecentaron las divisiones entre la generalidad liberal y las dudas sobre el camino a seguir en la sublevación ante el fuerte golpe allí propinado por las tropas nuñistas, apoyadas con goletas artilladas norteamericanas. Sorpresivamente, el jefe mayor de estado liberal Sergio Camargo arribó al teatro de operaciones caribeño para ponerse al frente de las tropas. El General Camargo tenía claro que la supervivencia militar de su colectividad dependía de asegurar un paso libre de retorno hacía Santander, por lo cual era inevitable el choque con los destacamentos enemigos aglomerados en la ribera del Magdalena. En la “batalla de La Humareda” los liberales, con un arrojo inmenso ante la adversidad, se sacrificaron a cambio de un triunfo sumamente adverso. Con las notables pérdidas materiales y espirituales que representó a estos sublevados dicho enfrentamiento, el camino hacia la victoria quedó despejado para el regeneracionismo conservador[33].

 

Tradicionalmente las guerras civiles del siglo XIX en Colombia se disputaron con tropas compuestas por reclutas forzados y mercenarios a sueldo acompañados de combatientes voluntarios. Mientras los reclutas y mercenarios solían enrolarse por motivos económicos o judiciales, sin una apropiación real de la causa que defendían, los voluntarios casi siempre se lanzaban a la lucha para refrendar sus convicciones políticas y ganar reconocimiento en su colectividad partidista. Al involucrarse por cuenta propia y sin estar acostumbrados a la subordinación propia de la vida militar, los voluntarios se caracterizaban por su ligereza en la lucha, pues siempre tenían a la mano la posibilidad de dejarla cuando lo consideraran necesario[34].

 

So pena de la difundida evocación a la bravura y tenacidad originada por sus protagónicas actuaciones en las disputas bélicas, los santandereanos sufrieron intensamente con el desarrollo de estas hostilidades. No en vano, las primeras obras de la literatura santandereana se avocaron a retratar los sufrimientos causados a los habitantes de esta región por tantas guerras. De este modo, los padecimientos físicos y espirituales representados por Nepomuceno Serrano en la figura del joven combatiente de varias guerras Ricardo Villalar,  protagonista de la novela Paulina o los dos plebeyos [35], fueron con seguridad los de muchos otros hijos de Santander para quienes las repercusiones de participar en la guerra del 85 se erigirían inevitablemente en un filtro significativo de todas sus experiencias subsecuentes.

 

 


[1] ORTIZ, Álvaro Pablo. Geo Von Lengerke constructor de caminos. Bucaramanga: UIS, 2008. 57 p.

[2] ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario (Editores). Novelas santandereanas del siglo XIX. Volumen I. Bucaramanga: UNAB, 2001. 395 p.

[3] Ibíd.  396 p.

[4] CAMACHO DE FIGUEREDO, Pomiana. Escenas de Nuestra Vida: Los dos amigos. En: ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario. Op. Cit. 249 p.

[5] MARTÍNEZ GARNICA, Armando. Poblamiento región santandereana: por los breñales de Santander. En: ZAMBRANO PANTOJA, Fabio (Compilador). Colombia país de regiones. Tomo II región noroccidental-región cundiboyacence.Bogotá: CINEP-COLCIENCIAS, 1998. 18 p.  

[6]  URREGO, Miguel Ángel. Sexualidad, matrimonio y familia en Bogotá 1880-1930. Bogotá: Ariel, 1997. 224 p.

[7] BERMÚDEZ, Susy. El bello sexo y la familia durante el siglo XIX en Colombia. Revisión de publicaciones sobre el tema. En: Revista Historia Crítica No 08- /Julio-Diciembre 1993. Bogotá: UNIANDES, 40 p. 

[8] SILVA ROJAS, Alonso. Novela santandereana del siglo XIX: Amor, Género y Guerra. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Novelas santandereanas del siglo XIX Volumen 2. Bucaramanga: Ediciones UIS, 2008.

[9] AMÉZQUITA, Cándido. La mujer infiel: Apuntes de la vida íntima en forma de novela histórica. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Op. cit. 385 p.  

[10] ESPAÑA, Gonzalo. et. al. Op. cit.  23 p.

[11] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Los radicales: historia política del radicalismo del siglo XIX. Bogotá: Universidad Externado, 2007. 212-213 p.

[12] DELPAR, Helen. The liberal party of Colombia. Michigan: University Microfilms, 1980. 2 p.

[13] JIMENO SANTOYO, Myriam. Los límites de la libertad: ideología, política y violencia en los radicales. En: SIERRA MEJÍA, Rubén (Editor). El radicalismo colombiano del siglo XIX. Bogotá: Universidad Nacional, 2006. 178 p.

[14] Ibíd. 185 p.

[15] CATAÑO, Gonzalo. Los radicales y la educación. En: Revista Credencial Historia. (Bogotá) Edición Nro. 66. Junio de 1995.

[16] MONROY, María del Pilar. La causalidad en la reforma educativa en Colombia a finales del siglo XIX. En: Memorias XI simposio internacional proceso civilizador. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2008. 401 p.

[17] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 388 p.

[18] Ibíd. 392 p.

[19] RAUSHC, Jane. Op. cit. 170 p.

[20] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 393 p.

[21] NAVARRO, Nepomuceno. El Camarada. En: ESPAÑA, Gonzalo. et. al. Op. cit.  179 p.

[22] TIRADO MEJÍA, Álvaro. El estado y la política en el siglo XIX. En: Nueva Historia de Colombia Tomo 2. Bogotá: Planeta, 1989. 171 p.

[23] ORTIZ MESA, Luis Javier. Los radicales y la guerra civil de 1876-1877. En: SIERRA MEJÍA, Rubén. Op. cit. 228-231 p.   

[24] DELPHAR, Helen. Aspectos del faccionalismo liberal en Colombia 1875-1885. En: BEJARANO, Jesús Antonio (Compilador). El siglo XIX en Colombia visto por historiadores norteamericanos. Bogotá: La Carreta, 1981. 355 p. 

[25] LESMES JIMÉNEZ, Libardo. Regeneración y faccionalismo liberal en el Estado Soberano de Santander 1875-1885. Bucaramanga: Ensayos de Historia Regional UIS 1995. 132 p. 

[26] DUARTE BORRERO, Juan Fernando. Bucaramanga: Ensayos de Historia Regional UIS 1995. 121 p.

[27] LESMES JIMÉNEZ, Libardo. Op. cit. 133-136 p.

[28] RAMÍREZ BUSTOS, Pedro Elías. Op. cit. 70 p.  

[29] NAVARRO, Nepomuceno. El Camarada. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Op. cit. 118 p.  

[30] TIRADO MEJÍA, Álvaro. Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia. Op. cit. 10 p.

[31] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 591-598 p.

[32] ESPAÑA, Gonzalo. La guerra civil de 1885. Núñez y la derrota del radicalismo. Bogotá: El Ancora, 1985. 179-180 p.  

[33] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 601-602 p.

[34] TIRADO MEJÍA, Álvaro. Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura, 1976. 20 p. 

[35] SERRANO, Nepomuceno. Paulina o los dos plebeyos. En: ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario (Editores). Novelas santandereanas del siglo XIX. Volumen I. Bucaramanga: UNAB, 2001.  155-233 p.

 

 

 

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Recomendación editorial

A todo el que pueda, reviselo con detenimiento. Tiene críticas y propuestas muy pertinentes para los noveles historiadores:

Título: Todas son iguales. Estudios sobre la democracia en Colombia

Autor: Isidro Vanegas Useche

Editorial: Universidad Externado de Colombia (Bogotá, Colombia)
Centro de Estudios en Historia

Fecha de edición: Enero de 2011

Colección: Bicentenario

http://www.lalibreriadelau.com/libros-de-historia-ca22_37/libro-todas-son-iguales-estudios-sobre-la-democracia-p51002

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Entre el Quinquenio y la Unión Republicana: la sociabilidad política del negociante bumangués Bartolomé Rugeles 1909-1915

A continuación compartó con mis lectores el texto sobre el cual se fundamenta la ponencia que presentaré proximanete en el VI Coloquio de Estudios Históricos UIS. Evento académico a realizarse en Bucaramanga los días 27, 28 y 29 de Abril bajo la organización de la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander.

Resumen:

El negociante bumangués Bartolomé Rugeles (1860-1938) fue miembro del Club del Comercio de Bucaramanga y un ferviente activista liberal, mantuvo contacto con personalidades de la élite bumanguesa como participante asiduo en los eventos públicos más destacados de su municipio. De sus experiencias en este entorno conservó una serie de registros escritos que inició a sus treinta y nueve años de edad en 1899, y concluyó en cercanías a su fallecimiento en 1938. Por su peculiar inserción en la cotidianidad política bumanguesa la experiencia de Rugeles y sus sociabilidades surgen como una alternativa para aproximarse al impacto local de la transición entre el gobierno de Rafael Reyes, el Quinquenio, y el de Carlos E. Restrepo, la Unión Republicana, proceso enmarcado en el espectro general de la política colombiana en posterioridad a la Guerra de los Mil Días.

Palabras clave:

Sociabilidad, elecciones, Quinquenio, Unión Republicana, Bartolomé Rugeles.

 

INTRODUCCIÓN:

La pérdida de importancia de Santander en el contexto nacional se constituye en un fenómeno paradigmático de la historia regional contemporánea. Bien sabido es que en vísperas del siglo XIX la región gozaba de una prosperidad económica similar a la de Antioquia y se reconocía en sus habitantes una considerable vocación hacia el trabajo. No obstante, con el cambio de siglo Antioquia llegó a ser muy importante a nivel nacional, mientras que Santander se convirtió dramáticamente en una sucursal olvidada de los procesos del desarrollo económico[3].

 

El negociante bumangués Bartolomé Rugeles (1860-1938) vivió en carne propia las paradojas e implicaciones de dicho declive. Este personaje, miembro del Club del Comercio de Bucaramanga, ferviente activista liberal, contactado con personalidades de la élite bumanguesa y participante asiduo en los eventos públicos más destacados de su municipio, conservó una serie de registros escritos que inició a sus treinta y nueve años de edad en 1899, y concluyó en cercanías a su fallecimiento en 1938. En el transcurso de su vida este individuo se vio involucrado en dinámicas y contextos claves para comprender un proceso global de amplísimo significado en la señalada coyuntura: el impacto exhaustivo de la Guerra de los Mil Días como influencia ineludible del rezago de Santander en la escena nacional a lo largo del siglo XX.

 

Por su peculiar inserción en la cotidianidad política bumanguesa, la experiencia de Rugeles surge como una alternativa para aproximarse a ciertos procesos más específicos y de especial significación en medio de las señaladas connotaciones: el impacto local de la transición entre el gobierno de Rafael Reyes (1904-1909) y el de Carlos E. Restrepo (1910-1914). Al mismo tiempo, esta perspectiva permite abordar, mediante la indagación de los registros de la cotidianidad del individuo estudiado y su entorno, el conocimiento de ciertas estrategias particulares de actuación desarrolladas en respuesta ante las dinámicas planteada por el mismo, las cuales aportan una visión peculiar de sus repercusiones[4]. La investigación se suscribe entonces a la idea de que los relatos personales de Bartolomé Rugeles pueden utilizarse como referencia empírica, para revelar a través de su experiencia colectivo-individual diversos rasgos de la época y el entorno socio-espacial en los que surgieron.

 

Mediante la adopción transversal del elemento teórico de la sociabilidad, el presente artículo emprende un estudio prosopográfico de las actividades políticas del señalado señor Rugeles entre 1904 y 1914, a partir de la valiosa oportunidad de acceder a una fuente particularmente rica como su diario personal. En sus análisis tipológicos sobre las agrupaciones particulares integradas en fenómenos sociales y  las estructuras de las sociedades globales, Georges Gurvitch definió la sociabilidad como “las múltiples maneras de estar ligado por el todo y en el todo que, se dan en diferentes grados de actuación y virtualidad, se combaten y se equilibran en cada grupo social[5].

 

No obstante, fue el historiador francés Maurice Agulhon quien por primera vez adoptó este concepto para los estudios históricos, con lo cual contribuyó de manera decisiva a su enfoque concreto al plantear las distinciones entre sociabilidad burguesa y popular, así como formal e informal[6]. En su definición más difundida en la historiografía, y la cual fue adoptada en este caso, la sociabilidad es: “la aptitud de los hombres para relacionarse en colectivos más o menos estables, más o menos numerosos, y a las formas, ámbitos y manifestaciones de vida colectiva que se estructuran con este objetivo”[7].

 

A su vez, investigaciones históricas actuales reconocen ciertos espacios constituidos y dimensionados en sociedad, como expresión de formas de sociabilidad que se constituyen en plataformas para la difusión ideas, la proposición de iniciativas y la promoción de procesos políticos, culturales e intelectuales. François Chevalier, por ejemplo, ha tenido en cuenta esta perspectiva para abordar la circulación en el mundo occidental de los principios de la modernidad, a través de espacios de sociabilidad que se configuraron a partir del surgimiento de estas ideas como clubes y asociaciones civiles[8]. Igualmente, las sociedades de ideas, clubes rotarios y diversas formas del protestantismo, como formas modernas de sociabilidad son para Jean-Pierre Bastian modelos asociativos de una sociedad, globalmente organizada en torno a una estructura corporativa jerárquica[9].

 

1. EL QUINQUENIO Y LA “RECONSTRUCCIÓN NACIONAL” 1904-1909

 

Las repercusiones generadas por el conflicto de los Mil Días y la separación de Panamá dilucidan una panorámica de la crisis experimentada en Colombia a comienzos del siglo XX. Ilustrativo de ello resulta lo expresado por Bartolomé Rugeles en 1903, al referirse a la publicación en Bucaramanga del decreto oficial que restablecía el orden público nacional: “(…) Cohetes, cañonazos, música. Todo siguió como si tal”[10]. Matizando la subjetividad de su autor, manifestaciones de este tipo indican que en dichas circunstancias aún no resultaban efectivas las acciones gubernamentales orientadas a afrontar las adversidades de dicha guerra.

Temerosa ante una posible conjugación de estas circunstancias en el caos social, la élite económica colombiana apoyó en 1904 la candidatura presidencial del General Rafael Reyes[11], quien efectivamente llegó al poder con el compromiso de poner en marcha la recomposición material y social del país. Aunque este militar boyacense era seguidor confeso del conservatismo, su elección proyectó una cierta neutralidad partidista favorecida por su estadía en el extranjero durante la guerra de los Mil Días y su probada costumbre de respetarle condiciones básicas al liberalismo en asuntos políticos y castrenses[12].

 

Reyes reunía un perfil pragmático y empresarial opuesto al de sus predecesores. Durante su gobierno implementó una estrategia de intervención integral para afrontar las dificultades generadas por el post-conflicto y la secesión panameña. Desde iniciativas para crear una banca central y regular la emisión monetaria, pasando por proyectos de reorganización administrativa del Estado, hasta la extensión de cargos a miembros del liberalismo y con el establecimiento de singulares programas sociales[13]. Producto del impacto favorable de estas medidas, Reyes rápidamente congregó partidarios que empezaron a representarlo como “principal responsable del apaciguamiento político y la consolidación de un estado temporal de paz”[14].

 

En Santander el proyecto reyista de reconstrucción nacional logró una repercusión especial gracias a la labor del gobernador Alejandro Peña Solano. Junto al influjo de sus afinidades vocacionales y políticas, como militares de orientación conservadora, el vínculo entre Peña y Reyes también se vio favorecido por la coincidencia de sus mandatos entre 1904 y 1909. Las disposiciones de Peña Solano buscaron integrarse al pragmatismo impulsado desde el gobierno central y eso le valdría ser considerado uno de los primeros obreros en la República de la reconstrucción emprendida por el eximio General Reyes”[15].

 

Ahora bien, los particulares vínculos de Alejandro Peña Solano con un individuo como Bartolomé Rugeles indican el grado de asimilación cotidiana de la mencionada propuesta de conciliación política e iniciativa para él bienestar común. A pesar de sus marcadas convicciones liberales, en apariencia tendientes al radicalismo en algunos asuntos, y el influjo de la connotada tradición liberal santandereana, el negociante Rugeles no dejó de reconocer positivamente algunas de las iniciativas impulsadas por el gobernador conservador. Muestra de ello es la carta que Rugeles le dirigió Peña Solano para felicitarlo por su decisión de impulsar la conformación en Santander de una Junta de Fomento Industrial[16].

 

En principio, el solo hecho de escribirle una carta respetuosa al emblema regional del conservatismo resulta ya significativo. Mas la afiliación de Rugeles al propósito conciliador expresado en las iniciativas de Peña Solano se evidencia mejor en su equilibrada forma de expresión, sin llegar a la apología pero evitando recurrir a discusiones partidistas. La referencia en la comunicación citada de las juntas de fomento industrial como ejemplo de una “acción oficial dirigida con acierto y honradez”[17], encuadraba también en la visión de la reconstrucción nacional asimilada en esta época. Si bien, estas entidades no lograron consolidarse institucionalmente, y con el tiempo se diluyeron en la burocracia, los principios que impulsaron su creación como consejos consultivos gremiales o juntas de notables condensaban el espíritu pragmático del gobierno reyista.

 

La orientación temática de esta misiva a Peña Solano expresa además el influjo lógico de los intereses económicos de Rugeles en su vinculación a dicha postura conciliadora. Percibir en la producción integral de sombreros jipi japa un potencial aprovechable mediante las juntas de fomento industrial se sustentaba en la vinculación directa de este personaje a la comercialización sombrerera, actividad con antecedentes exitosos en la economía santandereana que modestamente subsistió a la crisis. Valga recordar que junto a las ventas al por menor en sus almacenes de Bucaramanga Bartolomé Rugeles también compraba sombreros por encargo de Augusto Wagner, representante en de una firma comercializadora de Nueva York, y que igualmente se dedicó a la comercialización misma de la paja para la elaboración de estos accesorios[18].

 

Ahora bien, las relaciones político-económicas de Rugeles y Peña Solano tuvieron su más fuerte manifestación en torno a la obra del ferrocarril de Puerto Wilches a Bucaramanga. Durante el acto de instalación de sus primeros rieles, el 12 de octubre de 1908, este negociante, en compañía del mismo gobernador santandereano, tuvo la oportunidad de conocer personalmente al presidente Reyes, incluso pudo interactuar con él y discutir asuntos relativos al puerto:

 

“Vino el Hércules con el general Reyes, Peña Solano, Volkman (…) Fuimos presentados al general Reyes como personal de Puerto Wilches  (…) En el pabellón hubo brindis y habló el ministro de obras públicas y después hubo desfile al vapor para almorzar. El general Reyes personalmente me invitó a tomar asiento (…) Hablé con el general Reyes sobre el río, me dijo que nos pasaba como a Mompox, le dije que no, que siempre había para agua vapores que querían o tenían necesidad de entrar. Me contestó que él había pasado el otro día y no había podido entrar por el río seco. Le repliqué que no había querido el capitán traerlo porque en el mismo día llegaron cuatro planchas de ganado”. (D.B.R. Octubre 12 de 1908.)

 

Las connotaciones de este encuentro expresan un rasgo sobresaliente en la personalidad de Bartolomé Rugeles: su notable adaptabilidad a las circunstancias coyunturales; sin duda, tales eclecticismos indican la disposición de dicho personaje para conciliar algunas de sus concepciones en función del interés inmediato. Así pues, considerar la experiencia individual de Rugeles también permite explorar el contexto político en que se forjaron las relaciones entre reyismo y liberalismo en Santander, indagar los acercamientos y distanciamientos entre las distintas tendencias de estas dos corrientes en la región y especialmente en Bucaramanga. Sobre todo por la manifiesta afiliación de Rugeles con la facción del Partido Liberal que apoyó a Reyes, encabezada por Rafael Uribe Uribe:

 

“Los liberales de Bogotá comunican que debemos apoyar la política de Reyes a pesar del incidente con Antonio José Restrepo del cual no se pormenores pero sí que suspendieron el cumplimiento de la orden de mandarlo a Orocué”. (D.B.R.Febrero 22 1905)

 

El político antioqueño Antonio José Restrepo integraba un grupo de liberales partidarios del librecambio que manifestó abiertamente su oposición al gobierno de Reyes. Sin embargo, la llegada del propio Reyes a la presidencia con apoyo liberal expresó una transformación fundamental, un progresivo abandono del radicalismo liberal heredado del siglo XIX que abría el paso a concepciones sobre la intervención estatal, especialmente en referencia a los derechos individuales y el curso de la economía[19]. Modificación impulsada precisamente por Uribe Uribe. De modo que, las diversas concepciones de Rugeles acerca del gobierno de Reyes y sus principales iniciativas contenían también una percepción directa de las circunstancias políticas del momento, especialmente sobre la perspectiva de las reconfiguraciones de un nuevo orden.

 

Ya desde las primeras acciones del gobierno reyista en 1904, se evidencia en las percepciones de Bartolomé Rugeles tales elementos. Particularmente por su posicionamiento frente a las disputas de Reyes con el Congreso de la República. Al calificar a este cuerpo legislativo como “antireyista y sobre todo antipatriótico”[20], por oponerse a la iniciativa presidencial, implícitamente se reconoce la intencionalidad de justificar la concentración de poder a manos del gobierno central, asumiéndolo como sacrificio menor y necesario para lograr la anhelada reconstrucción nacional.

 

Este indicio permite inferir que Rugeles no estuvo en total desacuerdo con el posterior cierre del Congreso, ni con el gobierno mediante una Asamblea Nacional conformada a conveniencia de Reyes. Sobre todo, cuando sus expresiones de apoyo incondicional a esta iniciativa trascendieron el ámbito personal, para expresarse abiertamente en público junto a otros individuos que compartían sus posiciones sobre la coyuntura:

 

“Circuló telegrama urgentísimo del Gral. Reyes con motivo de que el Congreso no expidió leyes que se necesitan para poder gobernar. Gral. Reyes avisa que tomará las providencias necesarias. Firmé una manifestación de apoyo al Gral. Reyes junto con doctor H. Wilson, Quijano Gómez, Jorge Mutis, Benito Ordóñez”. (D.B.R. noviembre 30 de 1904).

 

El propósito de dichas expresiones de apoyo conjunto se proyectaría en el tiempo y desembocaría en la conformación en el seno del liberalismo bumangués de ciertas facciones partidarias y defensoras del proyecto reyista. Organizaciones en las cuales se involucró directamente Rugeles reafirmando su respaldo a esta causa:

 

“Anoche hubo un meeting de los amigos de la paz en el local de la Asamblea. Hablaron los doctores L. E. Uribe y Jaramillo. Ambos pusieron de presente la conveniencia de los liberales de adherirse a los candidatos del gobierno en entendimiento del régimen de paz y concordia implantado por el general Reyes quien ha cumplido con el partido”. (D.B.R. mayo 30 de 1909).

 

Sin embargo, la afinidad de Rugeles con el reyismo no fue suficiente para apaciguar ciertas discrepancias sobre aspectos puntuales de la política nacional. Sus reclamos más enconados se enfocaban en los vínculos entre Reyes y algunas figuras del conservatismo colombiano; descontentos derivados en fuertes reparos sobre la filiación política original del presidente:

 

“Supe que el general Reyes dio banquete al general Arístides Fernández. El liberalismo mira con desconfianza esos arranques del general Reyes que parece temerle a Fernández, enemigo mortal de todos los liberales. El General Reyes inconsecuente con los liberales que le dieron el voto y lo han sostenido. Al fin godo”. (D.B.R. mayo 16 de 1909).

 

En su proporción individual, las expresiones negativas enmarcaban un trasfondo más general de sectarias diferencias partidistas que rebasaron las posibilidades del mandato presidencial de Rafael Reyes.

 

2. UN TERCER PARTIDO: LA UNIÓN REPUBLICANA 1910-1914

 

So pena de la considerable acogida a sus determinaciones gubernamentales, las adversidades influyeron definitivamente en el rumbo del mandato reyista. Entre ellas tuvieron especial repercusión: los problemas regionales por la reorganización territorial; las reacciones contra el cierre del Congreso; y el escándalo por las negociaciones con Estados Unidos. El panorama resultó aún más complejo para Reyes con el surgimiento de la Unión Republicana. Mediante la elaboración de un dialogo titulado “Confidencias (sobre el gobierno del general Reyes y el liberalismo)” Rugeles intentó recrear esta situación[21].

 

Dicho escrito reflexionaba sobre los aportes del gobierno reyista, la condición del liberalismo, el accionar del conservatismo y la Unión Republicana mediante esbozos de las impresiones de Bartolomé Rugeles. En apariencia uno de los personajes del mismo representaba a un partidario de la Unión Republicana y opositor de Reyes, mientras que el otro participante del dialogo pareciera ser el mismo Rugeles. Dicha caracterización antagónica es una expresión más del impacto cotidiano de la oposición política del momento. La marcada recurrencia de tal aspecto en el citado dialogo evidencia la asimilación del gobierno reyista como un mandato que si bien no proyectaba las condiciones más optimas, brindaba la opción menos negativa entre las adversas circunstancias. Se recurría pues a la misma dosis de pragmatismo aplicada desde el principio por el propio Reyes.

La adscripción de Bartolomé Rugeles a esta idea de “la opción menos mala”[22] denotaba una prevenida representación sobre las orientaciones del conservatismo respecto a la participación política de los liberales. A partir de 1896 el partido conservador colombiano se había escindido en dos facciones, como nacionalistas se identificaron los seguidores de una regeneración sin cambios, mientras que los partidarios de ciertas modificaciones fueron denominados históricos[23]. En razón de tal perspectiva la integración del liberalismo propuesta por Reyes tuvo mayor acogida entre el conservatismo histórico, pero curiosamente Rugeles, quizá guiado por convicciones y experiencias muy peculiares, reconocía mejores perspectivas para el liberalismo en las posturas de los nacionalistas.

 

Tales contradicciones incentivaron las dudas de este negociante sobre la conveniencia de la propuesta republicana en las condiciones dadas. Incertidumbres que denotaban la asunción del gobierno reyista como el único que podría contener una avanzada para marginar definitivamente a los liberales de la escena política nacional. Sin duda las desconfianzas generadas por la Guerra de los Mil Días estaban latentes en la escena política nacional, aun tras la primera década del siglo XX. Tras el mandato transitorio de Ramón González Valencia, que completó el periodo correspondiente a Rafael Reyes, en 1910 la Asamblea Nacional eligió presidente al abogado antioqueño Carlos E. Restrepo.

Este individuo provenía originalmente del conservatismo pero se posesionó como representante de la Unión Republicana. La llegada al poder de dicha corriente conciliadora forjó perspectivas de estabilidad, tolerancia y progreso para Colombia. En principio, los favorables réditos de la cotización internacional del café y el impacto acumulado de las reformas  del quinquenio prometieron garantizar la materialización de tan altísimos propósitos[24]. No obstante, su aplicación se vio limitada por la restringida conformación de esta alternativa política entre la élite. A pesar de su abierta plataforma bipartidista, la Unión Republicana careció del apoyo popular y burocrático acorde a la lógica de las prácticas políticas del momento[25]. La fuerte oposición parlamentaría, impulsada por mayorías conservadoras y algunas facciones liberales, terminaría por diluir las grandes expectativas generadas por la presidencia de Restrepo.

 

A pesar de la amplitud de su propuesta, fue inevitable el fraccionamiento entre las correspondientes facciones conservadoras y liberales al interior de la Unión Republicana[26]. Por lo tanto, la dinámica de los planteamientos sobre dicha propuesta política acogió la misma estructura del debate partidista tradicional. Además de algunas manifestaciones en la plaza pública, las contradicciones se desarrollaron especialmente en contrapunteos a través de medios impresos. Cada una de las corrientes en discusión implementaba sus particulares formas de sociabilidad para producir su propia publicación periódica, tratando de defender sus posturas y granjearse un espacio propio en la opinión pública[27].

 

Todavía en la vigencia gubernamental de Rafael Reyes, la Junta Departamental Republicana de Santander —en su primera manifestación periodística oficial a través del semanario La República— precisaba el propósito republicanista en el anhelo por conservar la autonomía de Colombia y la necesaria restauración de su régimen legal. Al mismo tiempo, intentaba repeler las críticas garantizado su neutralidad religiosa y respeto por el orden público[28]. De esta manera, se daba inició en la región al cruce de opiniones sobre esta alternativa política.

 

Aun en forma restringida, la Unión Republicana también fue acogida por algunas facciones conservadoras de Santander. Con Reyes fuera de acción la equitativa distribución del poder entre los bandos de esta alianza suscitó rápidamente las primeras controversias. En el juego de rivalidades los republicanos conservadores de la región se percibían víctimas principales del interés de los otros bloques. Así lo expresaba su publicación Semanario Popular:

 

“El liberalismo de esta ciudad quebrantó la Unión (…) Si él tuvo garantías para obrar, no sólo dentro de la órbita legal, sino también fuera de ella, el Partido conservador no gozó de iguales prerrogativas ni pudo luchar con libertad”. (“De una dictadura a otra”. Semanario Popular, Bucaramanga (Noviembre 20 de 1909).

 

Dicha expresión, permite constatar en circunstancias concretas la dificultad esencial de toda la experiencia republicana, la persistencia de las antecedentes rivalidades entre liberales y conservadoras. A lo mejor en regiones de predominio conservador, las reclamaciones de los liberales republicanos posiblemente tuvieron el mismo tono.

 

Ya con Restrepo en el poder la orientación republicanista debía replantear sus argumentos, pues su objetivo fundacional de derrocar al reyismo y adquirir su reconocimiento como alternativa política, era ya una causa lograda. Precisamente rebatir la idea de lo innecesario o inconveniente de su continuidad, fue una de las labores más arduas que debió afrontar esta corriente a partir de 1910. En su perspectiva, la Unión Republicana de Santander salió al paso a las críticas sugiriendo que, en atención a los antecedentes inmediatos, esta experiencia pactista capaz de sobreponerse a la beligerancia resultaba ideal. Entonces, la opción republicana buscó mostrarse, a través de El Heraldo, como una aplicación práctica que priorizaba la honradez administrativa, el respeto y protección a los derechos y el concurso de voluntades honradas para el servicio público nacional[29].

 

De plano Bartolomé Rugeles no se mostró abiertamente partidario del republicanismo y su proyecto político. Aunque en cierto momento pudo valorar positivamente la disposición para integrar a los liberales en un gobierno civilista, las cotidianidades del entorno político en que se movía reafirmaron sus prevenciones respecto esta corriente:

 

“Ya es tarde. Los históricos son los responsables de la separación de la unión republicana. En otros puntos parece que la unión existe, aquí no aparece sino en las nominas, lo que deja mucho que pensar”. (D.B.R. noviembre 21 de 1909)

 

Pero como se ha señalado, en Santander la idea republicanista logró mayor acogida en el liberalismo, fundamentalmente con el liderazgo de José María Villamizar Gallardo, Carlos J. Delgado, Enrique Lleras y Andrés Gómez[30], todos antiguos miembros del Partido Liberal. Al evaluar sus círculos de sociabilidad político-económica, se evidencia que las mencionadas prevenciones de Rugeles no impidieron su interacción constante y significativa con el entorno del republicanismo regional. Incluso su hermano Eloy Rugeles, con quien permaneció estrechamente vinculado en asuntos económicos, fue miembro de la Junta Republicana Departamental por el municipio de Lebrija[31].

 

Estas sociabilidades de Rugeles debieron originarse por su militancia liberal, muy posiblemente fortalecidas durante los conflictos civiles de 1885 y 1899. Ya durante el gobierno republicanista, dichos contactos se plasmarían en aspectos más específicos. Con Delgado, Villamizar Gallardo y Lleras coincidió por las obras del ferrocarril de Puerto Wilches: el primero le divulgaba información privilegiada sobre las perspectivas del proyecto en las altas esferas políticas[32]; mientras que los otros dos lo asesoraron jurídicamente en el asunto de la colonización de baldíos[33]. Por su parte, con el señor Gómez la relación provenía de negocios particulares en los que Rugeles fue su prestamista y fiador[34].

Pero las relaciones de Rugeles con estos individuos no se limitaban al ámbito económico, también figuraron sobresalientes en su transcurrir cotidiano. Ello se evidencia en la constante asistencia a los mismos actos colectivos donde concurrían estos personajes, desde reuniones políticas y eventos sociales hasta actividades culturales. Lo cual sugiere la presencia en estas relaciones de un referente común que al parecer lograba matizar ciertas contradicciones políticas para promover coincidencias, como ocurrió en las honras fúnebres de Villamizar Gallardo:

“Murió el doctor José María Villamizar Gallardo. Hubo las siguientes invitaciones: de la familia, del Club del Comercio, del Concejo Municipal, de la Juventud Liberal, de la Redacción de la República, del Centro Instruccionista de Artesanos, del Centro de Industriales y Obreros. Peroraron los siguientes: Dr. Andrés Gómez, en nombre del Centro, Dr. Manuel Ibáñez, en nombre del Club, D. Roberto de J. Díaz, en nombre de la juventud, Dr. Lleras, D. Arquímedes Buitrago”. (D.B.R. febrero 15 de 1910).

 

En este sepelio se expresó más que el reconocimiento personal a la connotada trayectoria política de Villamizar Gallardo. El comentario de su diario denota que finalmente Rugeles terminó por asistir a un acto de proselitismo político guiado por las intervenciones de líderes del liberalismo bumangués y entidades asociativas locales. Las intervenciones a nombre de El Club del Comercio, la Juventud Liberal, el periódico La República, el Centro Instruccionista de Artesanos y el Centro de Industriales y Obreros tenían posturas con las cuales Rugeles necesariamente no tenía afinidad directa, pero aún así toleraba e insertaba en su espacio cotidiano.

 

Los anteriores indicios sugieren cierta cercanía de Bartolomé Rugeles con las ideas republicanas, so pena que sus percepciones explicitas sobre la presidencia de Restrepo y el republicanismo en si no fueron muy claras. De cierta forma Rugeles configuró una postura indefinida, no abiertamente favorable pero tampoco totalmente contraria, dispuesta incluso a expresar su reconocimiento a la continuidad en el mandato republicano del sistema de  minorías políticas[35]. Una alternativa de respuesta a este enigma surgiría tiempo después a esta coyuntura, con los reclamos a Restrepo por abandonar su proyecto político: “Hemos retrocedido mucho por culpa de Restrepo que entregó a los godos las riendas del gobierno estando en lo mejor con los partidos liberales y republicanos”[36].

 

CONCLUSIONES:

Las repercusiones de la Guerra de los Mil Días fueron significativamente negativas en el municipio de Bucaramanga. Al establecerse en Santander el epicentro de la acción bélica, particularmente de las milicias liberales, los bumangueses tuvieron que asumir gran parte de los costos políticos y socio-económicos ocasionados por las hostilidades. No en vano la batalla de Palonegro (1900), la más sangrienta de este enfrentamiento, tuvo lugar en las inmediaciones entre la capital santandereana y el camino al aledaño poblado de Lebrija. Las implicaciones del armisticio que dio fin al conflicto confirmaron el predominio conservador inaugurado en 1886, pero los subsecuentes gobiernos de Rafael Reyes (1904-1909) y Carlos E. Restrepo pueden considerarse una especie de pausa o reorientación de tal predominio.

 

En medio del ostracismo al que los condenó la regeneración conservadora, por ser los adalides del radicalismo liberal, los santandereanos debieron darle una significación especial a las oportunidades de reconocimiento y participación a los liberales configurados durante el quinquenio y el republicanismo. Su vinculación en los mismos haría parte del proceso general de reordenamiento de las relaciones políticas que tendría lugar en el país durante el primer tercio del siglo XX. La notable adaptabilidad del negociante Bartolomé Rugeles a las circunstancias coyunturales surgidas en la política regional entre 1909 y 1914 son un indicio palpable de ello. De este modo su paradójico apoyo al reyismo, sus ambiguas posiciones ante la opción política de la Unión Republicana y su confesa filiación al partido liberal denotan detalles particulares de una transición fundamental de la política colombiana.

BIBLIOGRAFÍA:

Fuentes primarias:

 

RUGELES, Bartolomé. Diario de un comerciante bumangués 1899-1938. (CD-ROM). Transcrito por Aida Martínez Carreño. Bucaramanga: Cámara de Comercio de Bucaramanga, 2005.

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Diario Oficial de la República de Colombia No. 11.8555: junio 9 de 1905

Protocolos Notaría Primera de Bucaramanga (PNPB). Año: 1914 Núm. 275.

 

HEMEROTECA BIBLIOTECA NACIONAL DE COLOMBIA.

 

La Paz, Bucaramanga (Febrero 7 1907).

__________________ (Septiembre 14 de 1907).

La República, Bucaramanga (mayo 12 de 1909).

_______________________ (mayo 29 de 1909).

El Heraldo, Bucaramanga (enero 28 de 1911).

 

Fuentes bibliográficas:

 

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BERGQUIST, Charles. (1999). Café y conflicto en Colombia (1886-1910). La Guerra de los Mil Días sus antecedentes y consecuencias, Bogotá, El Ancora.

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VÉLEZ, Humberto. (1989). Rafael Reyes: Quinquenio, régimen político y capitalismo (1904-1909). En: Nueva Historia de Colombia. Historia Política Tomo I. Bogotá: Planeta.

 

 


[1] Los resultados expuestos en el presente artículo de investigación hacen parte del trabajo titulado Bartolomé Rugeles: sociabilidad política, negocios y función pública 1899-1938, presentado por el autor como requisito para obtener el título de Historiador en la Universidad Industrial de Santander.

[2] Historiador (UIS); Diplomado en Gestión y Formulación de Proyectos de Investigación (ACAC-UIS). Miembro del Grupo Políticas, Sociabilidades y Representaciones Histórico-Educativas (PSORHE); Director Ejecutivo del proyecto Historia Abierta. Contacto: mdcs87@gmail.com o http://historiaabierta.org/mdcs/

[3] JOHNSON, David. (1984). Santander Siglo XIX cambios socioeconómicos, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 16-17 p. En la época era usual la siguiente expresión: “Si los antioqueños eran considerados como los yanquis de Colombia, los santandereanos eran los ingleses”.

[4] MOLL, Isabel. Una cuestión de perspectiva: la tensión entre micro-historia general y la historia de las elites. En: CARASA SOTO, Pedro (Editor). Élites. Prosopografía contemporánea. Valladolid: Univalladolid, 1994. 58 p.

[5] GURVITCH, Georges. (1941). Las formas de la sociabilidad. Ensayos de sociología. Buenos Aires: Losada. 13-14 p.

[6] GUEREÑA, Jean-Louis. Un ensayo empírico que se convierte en un proyecto razonado: Notas sobre la historiografía de la sociabilidad”. En: VALÍN, Alberto. (2001). La sociabilidad en la historia contemporánea. Reflexiones teóricas y ejercicios de análisis. Madrid: Duen de Bux. 24 p.

[7] Ibíd. 17 p.

[8] CHEVALIER, François. (2005). América Latina: De la independencia a nuestros días. México. Fondo de Cultura Económica. 111-12 p.

[9] BASTIAN, Jean Pierre. (1993). Protestantes, liberales y francmasones: Sociedades de ideas y modernidad en América Latina, siglo XIX. México, Fondo de Cultura Económica. 8 p.

[10] Diario de Bartolomé Rugeles (en adelante D.B.R.). Junio 3 de 1903. El decreto referido era el 638 de 1903 (Junio 1) mediante el cual el poder ejecutivo, al considerar concluida la conmoción interior causada por el conflicto bélico, levantaba el estado de sitio y restablecía en propiedad las funciones del poder legislativo en el país. Diario Oficial de la República de Colombia Año XXXIX No. 11.8555: junio 9 de 1905. 281 p.

[11] VÉLEZ, Humberto. (1989). Rafael Reyes: Quinquenio, régimen político y capitalismo (1904-1909). En: Nueva Historia de Colombia. Historia Política Tomo I. Bogotá: Planeta, 192 p. El autor caracteriza a estas élites como grupos de presión e interés, integrados por industriales, banqueros y terratenientes modernizantes, quienes sobrepasaban las estructuras de los partidos políticos.

[12] LEMAITRE ROMÁN, Eduardo. (1981). Rafael Reyes. Biografía de un gran colombiano, Bogotá, Banco de la República, 246-247 p.

[13] TOVAR ZAMBRANO, Bernardo (1989). La economía colombiana (1886-1922). En: Nueva Historia de Colombia Tomo V. Bogotá: Planeta, 39-41 p.

[14] (Biblioteca Nacional de Colombia en adelante BNC) “Pagina sombría”. La Paz, B/manga. (Febrero 7 1907) 2 p. Los logros atribuidos a Reyes eran utilizados como argumentos para aplacar las críticas a su gobierno y promover su continuidad. Como en esta editorial conmemorativa del intento de asesinato perpetrado contra el presidente.

[15] (BNC) “Por Santander”. La Paz, Bucaramanga. (Septiembre 14 de 1907) 6 p.

[16] (D.B.R.) “Memorando privado”. Julio 5 de 1905.

[17] Ibídem.

[18] (D.B.R.) diciembre 6 de 1910: “Entregué los sombreros. Me notificó el Sr. Wagner nueva baja para la semana entrante por cable que llegó de mercado flojo”.

[19] VÉLEZ, Humberto. Op cit. 195 p.

[20] (D.B.R.) noviembre 12 de 1904.

[21] (D.B.R.)Confidencias (sobre el gobierno del general Reyes y el liberalismo)”. Mayo 16 de 1909.

[22] Ibídem.

[23] JARAMILLO, Carlos Eduardo. Antecedentes generales de la guerra de los mil días y el golpe de estado del 31 de julio de 1900. En: Nueva Historia de Colombia. Historia Política Tomo I. Bogotá: Planeta, 1989. 67 p.

[24] BERGQUIST, Charles. Op. cit. 378-382 p.

[25] MELO, Jorge Orlando. (1989). De Carlos E. Restrepo a Marco Fidel Suarez. Republicanismo y gobiernos conservadores. En: Nueva Historia de Colombia. Historia Política. Tomo I. Bogotá: Planeta, 225-228 p.

[26] Para el presidente Restrepo la Unión Republicana era ya débil al momento de su proclamación presidencial, pues dicha corriente evidenció sus rupturas internas desde la conformación de la misma Asamblea Nacional Constituyente convocada por Ramón González Valencia, a partir la concentración de gran parte de sus seguidores en los partidos tradicionales. Ver: RESTREPO, Carlos Eugenio. Orientación republicana. Tomo II. Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 1972 2da impresión. 31-32 p.

[27] CORREA RESTREPO, Juan Santiago. (2007). Prensa de oposición el radicalismo derrotado, 1880-1902. Bogotá: Universidad del Externado. 22-23 p.

[28] (BNC). “Exposición de la Junta Republicana del Departamento”. La República, Bucaramanga (mayo 12 de 1909). 2 p

[29] (BNC) “Como entendemos el republicanismo”. El Heraldo, Bucaramanga (enero 28 de 1911). 2 p.

[30] “Exposición de la Junta Republicana del Departamento”. Op. cit. 1 p.

[31] (BNC) “Documentos de la Junta Republicana Departamental”. La República, Bucaramanga (mayo 29 de 1909). 3 p.

[32] (D.B.R.) abril 5 de 1910: “Recibí comunicación de la gobernación sobre resolución a mi memorial (…) Me informé de las buenas noticias que del ferrocarril le comunica el doctor Delgado”.

[33] (D.B.R.) julio 19 de 1909: “El Dr. Villamizar encuentra deficientes los títulos de Puerto Wilches. Hay que hacer denuncios formales como colonos para obtener las adjudicaciones como cultivadores. Estuvimos haciendo linderos y discutiendo los títulos”.

(D.B.R.) mayo 12 de 1911: “Entregué títulos al Sr. Volkman. Los va a pasar al doctor Lleras para el examen. Me dice el doctor Lleras que el domingo examinaran los títulos y dará su opinión al señor Volkman”.

[34](Centro de Documentación e Investigación Histórica Regional CDHIR-UIS). Protocolos Notaría Primera de Bucaramanga (PNPB). Año: 1914 Núm. 275.

[35] (D.B.R.) marzo 30 de 1910. “Los conservadores votan por candidatos, como los liberales, sistema adoptado por la Unión Republicana de acuerdo con el gobierno”.

[36] (D.B.R. diciembre 15 1921).

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“La Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga 1888-1899. Orígenes y condiciones de una experiencia educativa conservadora”

En el epilogo del siglo XIX, la creación de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga —con todo y sus limitantes— se constituye en el primer antecedente serio de la implementación en territorio santandereano de un proceso de formación educativa técnica. La instrucción metódica y mediante un sistema  escolarizado en el ejercicio de actividades manuales con amplia demanda, representó sin duda alguna una novedad importante; un “oasis en el desierto” para una sociedad que por influjo de las dificultades en su medio geográfico, una herencia cultural retardataria y la rigidez de su estructura social desconocía los principales avances científicos y tecnológicos alcanzados para la época a nivel internacional, y por lo tanto veía truncadas sus posibilidades de asimilar las perspectivas de un desarrollo socio- económico estable[1].

No en vano, la experiencia de la Escuela de Artes y Oficios fue la base para el establecimiento en Bucaramanga de otras instituciones que si bien surgieron en coyunturas diversas  conforman  en la actualidad los únicos reductos de la educación técnica-tecnológica en la región santandereana; severamente limitada por el bajo nivel de desarrollo industrial y empresarial de su entorno. Nos referimos pues al Instituto Tecnológico Dámaso Zapata y el Instituto Tecnológico Eloy Valenzuela, en el nivel de formación secundaria, y a la Universidad Industrial de Santander y las Unidades Tecnológicas de Santander, para el ámbito de los estudios superiores[2].

Ahora bien, los motivos que determinaron la conformación de una Escuela de Artes y Oficios en Bucaramanga trascienden el ámbito de lo estrictamente técnico. Como toda iniciativa de la instancia gubernamental, su existencia expresa la manifestación de los intereses y percepciones del sector de la sociedad que en ese momento detentaba el poder político en la región. Además, las implicaciones de su conformación se entrelazan con la materialización de un proyecto integral de unificación nacional bajo posturas conservadoras y religiosas, en el cual se daba prioridad a la educación técnica desde una perspectiva que no solo contemplaba el interés económico-productivo. El proceso histórico de esta Escuela  revela nociones particulares respecto de la función social asignada a la educación técnica y el  sistema de valores que la sustentaban.                      

-La Escuela de Artes y Oficios en el contexto Regenerador:

En 1880, fue elegido para la presidencia de los Estados Unidos de Colombia el cartagenero Rafael Núñez. Tal determinación fue una manifiesta reacción de conservadores y liberales moderados ante las dificultades experimentadas por el gobierno liberal-radical, a efectos de la fuerte crisis económica generada a finales de la década de 1870 con la caída de los precios internacionales de las materias primas colombianas y la inestabilidad experimentada a raíz del desarrollo constante de conflictos civiles surgidos de las diferencias ideológicas y programáticas entre los sectores hegemónicos de la sociedad. Este antecedente marca el inicio del periodo de la historia colombiano denominado de la Regeneración, caracterizado por la implementación de un proyecto de sociedad que apelaba a la recuperación de un sistema de valores tradicionales y los principios de la religión católica, para orientar la organización del país en torno al esquema del “Orden y progreso”.

Los planteamientos educativos elaborados a finales del XIX por los gobiernos  regeneradores  se vieron influidos por su vinculación a un Estado centralista y con una política económica interventora que promovía el fortalecimiento de las relaciones Iglesia-Estado[3]. A su vez, esta misma referencia sería determinante para la aplicación en la práctica de los planes educativos. Los fundamentos del proyecto regenerador en materia educativa se plasmaron en la Constitución Política de Colombia de 1886, mediante determinaciones como la adopción de la religión católica como la creencia oficial univoca del país, el carácter público más no obligatorio de la educación y la posibilidad para que iniciativas particulares pudieran crear instituciones educativas libremente.

Con la inclusión de estos preceptos en la Carta Constitucional y posteriormente con la firma en 1887 del Concordato entre el gobierno de Colombia y el Vaticano, se evidenció la intención de asignarle una nueva función a la Iglesia Catolócia respecto a los asuntos de la moral pública y privada de los ciudadanos; a partir de su posibilidad de ejercer una labor de control social fundamentada en su amplia aceptación popular y la disponibilidad de recursos humanos y materiales para ello. Por otra parte, la justificación del principio de una educación gratuita pero no obligatoria radicaba en la concepción del proyecto regenerador sobre las relaciones entre el Estado y el individuo, en la cual la educación debe ser tan solo obra de los particulares, limitándose el Estado a actuar allí donde no actuara la iniciativa privada[4].

Para entender la intencionalidad expresada por el proyecto de instrucción pública en artes y oficios manuales, es necesario tener en cuenta que la Colombia del siglo XIX fue gobernada por una clase alta cuyos valores eran en muchos aspectos acentuadamente aristocráticos y que allí los individuos que aspiraban a un estatus social despreciaban el trabajo manual y el sector alto tendía a tratar de obtener títulos de honor social mediante el ejercicio de carreras, jurídicas, políticas y literarias[5]. Teniendo en cuenta, que desde sus posiciones en el gobierno estas mismas elites eran las que contralaban la instrucción pública y que el trabajo manual se asoció tradicionalmente con las clases populares y marginadas, es innegable que cualquier iniciativa para promover la instrucción en este ámbito, se vería determinada por una percepción elitista sobre estos individuos y el lugar que a su juicio debían ocupar en la sociedad, determinando así el tipo de formación que deberían recibir acorde a este perfil.

En este contexto los sectores conservadores, desde los comienzos de la experiencia republicana en Colombia, se mostraron preocupados por la preparación industrial y moral de las clases populares. Estos veían en la educación un instrumento para la preservación del orden social, pues la educación técnica servía tanto para el orden moral como para el crecimiento económico.  Percepciones que expresaban un ideal según el cual, la capacitación en el campo de las artes manuales ayudaba a instalar el hábito del trabajo, luego si un individuo adquiría el hábito del trabajo y habilidades prácticas, su productividad económica aumentaría; atraído por las utilidades, se dedicaría a su labor y, de esta forma, se convertiría en un individuo moral, responsable y ordenado. Por el contrarío, un miembro de la clase baja que careciera de capacitación en una ocupación útil sería presa fácil de la embriaguez y del crimen[6].

Así, pues con su apoyo a la instrucción técnica los gobiernos conservadores de la Regeneración pretendían proveer a Colombia de mano de obra calificada necesaria para distintos ramos del campo productivo nacional y contribuir en la preservación de la jerarquía social establecida, a partir de un adoctrinamiento moral de los sectores subalternos, con una noción del trabajo implementada sobre la plataforma del catolicismo. Entonces, la aparición en Colombia de la Escuelas de Artes y Oficios, expresa la aplicación de un modelo educativo que respondía a una nueva ética del trabajo fomentada desde la doctrina católica y al interés gubernamental de formar en las clases populares, no eruditos ni letrados, sino hombres dignos y honrados[7].

-Los primeros pasos de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga:

Bajo la batuta del proyecto educativo Regenerador, los años ochenta del siglo XIX marcaron el comienzo de una nueva etapa en la instrucción pública colombiana, con la creación de las Escuelas de Artes y Oficios. A partir del impacto de las experiencias pioneras en Bogotá y Medellín, centros urbanos con una actividad industrial incipiente, el gobierno central se propuso difundir este modelo en las diversas regiones del país, para que allí también se cumplieran los objetivos políticos, sociales y económicos trazados en torno a estos establecimientos. Fue así como en atención a la Ley 121 del 11 de Julio de 1887 emitida por El Consejo Nacional Legislativo y basándose en las atribuciones que le brindaba la Ley 14 de enero 4 de 1887, la Gobernación de Santander, en ese momento regentada por el señor Antonio Roldan decreta el 20 de enero de 1888 la creación en la ciudad de Bucaramanga de una Escuela de Artes y Oficios.

Su primer rector fue el señor Luis F. Otero con un sueldo de $1200 anuales, también se nombró un secretario con $720, 4 maestros de artes con $600 y varios catedráticos a quienes por cada clase que regentaban se les retribuían con $120 al año[8]. Desde sus comienzos la conformación de su planta docente tanto en la parte técnica como en la académica, representó un problema para esta institución, en función de su escasez en el medio nacional y los altos costos que significaba la contratación de maestros extranjeros.

En concordancia con los principios centralistas de la administración pública asumidos por los gobiernos regeneradores, esta institución, fue entregada al cargo de la Secretaría de Instrucción Pública departamental, que debía encargarse desde los asuntos relacionados a su planta física hasta el diseño de sus reglamentos internos y planes de estudios, constituyéndose en su máxima autoridad en lo académico, disciplinar y administrativo[9]. De esta manera se observa como desde un principio su autonomía se vería sujeta a los avatares del interés político regional y nacional según circunstancias coyunturales, y que además del propósito educativo, su funcionamiento se encontraría asociado al cumplimiento de acciones de carácter más amplio.

Por otra parte, en el transcurrir cotidiano de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga también se puede identificar otra dimensión de  la influencia del conservatismo regenerador imperante en el país, en lo referente a la condición complementaria entre el Estado y la iniciativa privada en el campo educativo, pues si bien se trataba de una institución pública que debía costearse con fondos departamentales y algunos auxilios del gobierno central, en múltiples ocasiones esta institución debió recurrir a las contribuciones de agentes particulares y la venta de algunos productos elaborados en sus instalaciones para las condiciones materiales y monetarias que representaban su funcionamiento[10]. Además, aunque se contemplaba el desarrollo de un programa de becas para que dos alumnos de cada provincia del departamento pudieran formarse en esta institución[11], en términos prácticos estos subsidios no resultaban tan beneficiosos para el estudiante, pues no contemplaban un desinteresado del gobierno departamental, sino que establecía unos mecanismos por el cual el alumno adquiría sendos compromisos que de no ser cumplidos representaban un alto perjuicio para su condición económica, los cual resulta basta llamativo teniendo en cuenta que una de las condiciones para acceder a estas becas era que el interesado pudiera demostrar una pobreza notoria.

Como la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga fue concebida para “formar artesanos instruidos en los conocimientos prácticos y teóricos de los oficios y artes, y que, por su laboriosidad, honradez e instrucción contribuyan al adelanto de la industria y a la mejora de las clases obreras en el departamento[12],  sus planes de estudio se configuraron de forma tal, que junto con la instrucción elemental (lectura, escritura, castellano, ortografía y aritmética)  y la enseñanza en la práctica de actividades manuales electivas (herrería, carpintería, zapatería, guarnicionería, sastrería, tipografía y metalurgia) se diera un lugar significativo para la instrucción de los alumnos en asignaturas que difundieran el sistema de valores y creencias correspondientes al modelo de sociedad que se pretendía implantar tales como: moral, religión y urbanidad, en una intensidad mayor que la instrucción elemental y casi equiparable a la dedicada a la formación en las artes y oficios[13].

Entonces, se aprecia que los impulsores de esta iniciativa, miembros de la elite regional, tenían una imagen preconcebida respecto de los individuos que serían formados en esta institución, miembros de la clase popular, como seres inmorales que se encontraban en su posición inferior y eran presa de los vicios a raíz de su carencia de valores y el estar alejados de los principios religiosos[14]. Por lo tanto el plan educativo de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga se encontraba guiado por la lógica de la educación como medio de “civilización” y fuente del “progreso” social y económico[15].

En estas circunstancias, al partir de una concepción negativa de los alumnos de este establecimiento educativo, la disciplina asociada a la adquisición de habilidades en un oficio manual, se prestó como el marco ideal para que además de impartir enseñanzas, en actividades que por su cotidianidad tenían una demanda considerable en la sociedad, se pudiera amoldarlos a conveniencia del rígido esquema jerarquizado de la sociedad y establecer un fuerte control social sobre ellos para evitar que sus conductas pusieran en peligro el orden establecido[16]. Estas determinaciones se complementaban con la fuerte injerencia de la doctrina religiosa católica, en orden a lo que establecía el ordenamiento constitucional regenerador.

La combinación de estos factores se evidencia claramente en la forma como se encontraba distribuido el tiempo para los alumnos de esta institución, quienes bajo la fuerte observancia, se veían sujetos a un intenso régimen de control, el cual contemplaba un ciclo de actividades que daba comienzo en las primeras horas de la mañana y finalizaba en horas de la noche, y que llegaba a extenderse a los días festivos con la asistencia obligatoria a las actividades religiosas[17]. Esto se complementaba con un sistema de castigos basado en el maltrato y el escarnio.

De esta forma la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga contemplaba la ocupación de las mentes de sus alumnos en alguna actividad determinada, al punto tal que no tuvieran posibilidad de pensar en otras cosas o de tener la energía necesaria para realizarla. Igualmente en esta dimensión se afirma el sentido paternalista de este modelo de educación, en tanto se les asignaba a las autoridades del establecimiento profesores, directivos e incluso empleados, un papel paternalista sobre los alumnos, de tal forma que además de la respectiva formación, ellos debían ser los garantes de su formación moral y religiosa, al punto tal que mediante el sistema de premio-castigo estos elementos constituían en requisito necesario para la aprobación del plan de estudios[18].

En ultimas, en su etapa inicial (1888-1899) esta institución no podría desligarse del conflicto marco social y económico en el que surgió, al punto que el fenómeno de las guerras civiles, ese mismo que había limitado las condiciones para su adecuado funcionamiento, terminaría siendo la causa principal para su clausura  en los albores de la Guerra de los Mil Días, extendiéndose por un largo periodo.

CONCLUSIONES

Como lo plantea SAFFORD en Colombiala instrucción técnica pudo sobrevivir solo en forma embrionaria, ya que la economía colombiana no podía proporcionar ni las bases financieras necesarias para sostener instituciones educativas eficaces, ni ofrecer oportunidades atractivas”. De manera que, las circunstancias en que se desarrolló el proceso de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga, no fueron ajenas a esta realidad. Si bien la creación de esta institución fue todo un acontecimiento en la región, porque no se conocía un antecedente similar, las evidencias históricas ponen de manifiesto que el tipo de formación que se impartía en esta institución tenía un alcance limitado tanto en sus bases científicas, parafraseando a VASCO podríamos decir que en este caso impartieron saberes pero no se profundizó en los conocimientos, como en su proyección al ámbito económico productivo, pues el país y muy especialmente la región santandereana carecían de algún actividad productiva considerable que pudiera absorber la mano de obra preparada en esta institución y brindarle la posibilidad de obtener réditos económicos significativos, de manera que estos individuos se limitaron a cumplir actividades de menor escala o en muchos casos terminaron ejerciendo cualquier otro oficio, diferente para el que se capacitaron.

Así pues, se puede concluir que lo más significativo de la experiencia de conformación Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga, se encuentra en el ejercicio de su función de control social sobre las clases populares, acorde a los principios y justificaciones doctrinarias de los gobiernos conservadores-católicos de la Regeneración. Resulta significativo observar que las determinaciones y medidas experimentadas  en esta institución respecto a la conducta y la formación religiosa de los alumnos—principalmente los sistemas de castigo, la preocupación por la urbanidad y aseo de los estudiantes así como la preponderancia de los preceptos católicos en todas las actividades de la instrucción—represente una tendencia que puede rastrarse en adelante durante todo el transcurso del siglo XX e incluso hoy día se puede percibir en los principales planteles educativo oficiales del país, de manera que con el estudio de este caso se encuentra la constitución de un modelo, que sin duda alguna se consolido como expresión de la imagen de sociedad que quería consolidar.


[1] SAFFORD, Frank. “El ideal de lo práctico”. Bogotá: El Ancora, 1989. 27-30p.

[2] Cabe señalar que los colegios Dámaso Zapata y Eloy Valenzuela, surgieron simultáneamente a partir del proceso de ampliación efectuado en la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga mediados del siglo XX. Sería el mismo Dámaso Zapata con sus instalaciones y cuerpo docente, la incubadora de los proyectos educativos de la UIS y posteriormente en la década de los ochenta las UTS. Ver: GAVASSA VILLAMIZAR, Edmundo. “Artes y Oficios 1888-1988”. Bucaramanga: Imprenta del Departamento, 1988. 9p.

[3]JARAMILLO URIBE, Jaime. “El proceso de la educación en la República (1830-1886) En: Nueva Historia de Colombia Tomo 2. Bogotá: Planeta, 1989. 233p.

[4]SILVA, Renán. “La educación en Colombia. 1880-1930”. En: Nueva Historia de Colombia Tomo IV. Bogotá: Planeta, 1989. 67p.

[5] Óp. Cit. SAFFORD, Frank. 22p.

[6] ROMERO OTERO, Francisco. “Las ideas liberales y la educación en Santander 1819-1919. De la cultura de la tolerancia a la de la intolerancia”. Bucaramanga: Ediciones UIS, 1992. 32p.

[7] Óp. Cit. SILVA, Renán. 80p.

[8] Óp. Cit. ROMERO OTERO, Francisco. 40p.

[9] RAFAEL, Florencio (Hno.). “Historia del Instituto Técnico Superior Dámaso Zapata. 1888-1963”. Bucaramanga: Imprenta del Departamento, 1963.14p.

[10] “(…) Las maquinas recibieron aumento con dos, una de taladrar hierro y otra de escoplear que regaló el estimable señor D. Christian Peter Clausen; y el antiguo e intachable benefactor del establecimiento, señor D. Andresen Moller, lo obsequió con un banco de carpintería y una caja de herramientas”. Informe del Rector Julio Solano. B/manga Nov. 30 1892.

[11] Reglamento de la Escuela de Artes y Oficios de B/manga 1890. Artículo 32.

[12] Reglamento de la Escuela de Artes y Oficios de B/manga 1890. Artículo 1.

[13] Reglamento de la Escuela de Artes y Oficios de B/manga 1890. Artículo 54.

[14] “(…) que el temor a Dios es el principio de la sabiduría y de que el sinnúmero de calamidades que aquejan hoy a naciones que se llaman civilizadas, es debida exclusivamente a la supresión del nombre de Dios en las Escuelas y colegios y por tanto a la falta del espíritu religioso, no ahorran medio alguno para inculcar en los alumnos sentimientos cristianos y de verdadera piedad que los hagan aptos para ocupar el puesto que la sociedad y el trabajo le señalen al dejar los claustros del establecimiento”. Carta del Rector Daniel Forero al señor Gobernado Aurelio Mutis. Escuela Primaria No. 830. 47p. 1898.

[15] Por ello se establecía como los requisitos para ingresar a esta institución ser urbano, comedido, católico, apostólico, romano y cumplir fielmente los deberes que impone la Iglesia y los reglamentos del plantel.

[16] “(…) se inculque a los alumnos el respeto que deben a la sociedad en que viven, los modales cultos y caballerosos que toda persona tiene el deber de observar para hacerse digno del aprecio público, las costumbres sobrias que en la vida privada y pública debe tener todo caballero y el hábito, si no por carácter de educación, de ser estrictamente cumplidos en los compromisos que contraigan como industriales, pues la informalidad y el poco respeto que se tiene por la palabra empeñada es uno de los principales defectos que se deben corregir, sobre todo en la clase obrera”. Informe del gobernador de Santander a la asamblea de 1890. B/manga. Imprenta del Departamento.

[17] “(…) En todos los días de trabajo se levantarán los alumnos internos a las cinco y cuarto de la mañana y procederán inmediatamente al aseo de sus personas. Tomando el desayuno, entrarán a las seis a ocuparse de los trabajos del día (…) Todos los domingos y días feriados, según los ritos de la Iglesia Católica, saldrán los alumnos internos en la comunidad, a paseo, con los superiores del establecimiento”. Reglamento de la Escuela de Artes y Oficios de B/manga 1890. Artículos 66 y 70.

[18]El Gobierno premia los esfuerzos que un alumno haga por alcanzar un gran mérito moral e intelectual (…) El alumno que no haya observado buena conducta dentro y fuera de la Escuela, no será premiado aunque su aprovechamiento haya sido notable”. Reglamento de la Escuela de Artes y Oficios de B/manga 1890. Artículos 128 y 132.

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Apuntes para una interpretación juvenil del Bicentenario de la independencia colombiana

Las celebraciones, conmemoraciones y efemérides son actos recurrentes en la cotidianidad humana. Desde lo público a lo privado, pasando por lo individual y lo colectivo, en nuestro diario existir hacemos memoria de aquellos sucesos, personajes y lugares que han tenido alguna trascendencia en nuestra vida. La fecha de la graduación escolar, el día de la muerte de un ser querido o el momento en que conocimos el mar, por citar sólo algunos ejemplos, son hitos a partir de los cuales construimos nuestra identidad. La cual es más que un enlazamiento progresivo de porciones homogéneas de nuestra memoria, pues cada acontecimiento se filtra en la racionalidad según su contexto e intensidad y la impresión inicial que nos cause puede modificarse para producir nuevas interpretaciones que correspondan a intereses circunstanciales del ciclo vital. Recordar y olvidar es algo indispensable para cualquier individuo, garantizan el adecuado balance de sus emociones y sentimientos. Si bien nos lamentamos por no recordar ciertos hechos puntuales, también es necesario olvidar, como bien no los recuerda Nietzsche, o mejor aun Borges a través de Funes el memorioso.

Además de conformar un álbum particular, los contenidos de la memoria personal se insertan en el entramado espacio temporal del que datan, aunque su interrelación connote ciertas rupturas. A lo largo de la historia y las experiencias individuales se ha constatado que un mismo hecho puede dar lugar a variadas interpretaciones contradictorias, comunes o complementarias entre sí. Sin dudas, abril 9 de 1948 no tiene el mismo significado para alguien que perdió un familiar en los sucesos del Bogotazo, como para quien ese mismo día recibió su primer salario. En torno a tales representaciones se forja también el sentido y la orientación de las diversas asociaciones, grupos y colectividades, formales e informales, en las que necesariamente se incluye todo individuo para construir una identidad común. Pertenecer a una colectividad es también una necesidad primordial para el ser humano. Tal es el peso de los sucesos en dicha identidad que incluso algunas de estas entidades recurren a una conmemoración específica para sustentar su plataforma de acción: valga nombrar los casos del M-19 colombiano y el fraude electoral en las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970 o el mismo 26 de julio cubano y la fallida toma del cuartel Moncada.

Con la división temporal de la historia humana en periodos de cien años: siglos, el centenario de un acontecimiento se erige como una medida significativa para su valoración. Ahora bien, al abarcar más de lo que contempla un ciclo normal de vida humana, un centenario resulta más un ejercicio interpretativo de las generaciones herederas del hecho original. Quienes participaron en la toma de la Bastilla y el proceso de la revolución francesa en 1789, seguramente no alcanzarían a imaginar que su gesta daría lugar a la magnificente construcción en 1899 de la torre Eiffel durante la feria mundial de Paris. Claro está la sociedad francesa no era ya la misma para ese momento, ni lo sería tampoco en 1989 cuando se conmemoró el tercer centenario de la revolución bajo la presidencia del camaleónico François  Mitterrand.

Durante el presente año, al llegar el 20 de julio se cumplirá el segundo centenario del acontecimiento que se ha instituido, social y reglamentariamente, como el acto fundacional de la sociedad nacional colombiana: la simbólica ruptura del florero de Llorente y el levantamiento de los criollos santafesinos un domingo de mercado en 1810. Cómo es lógico dicha efemérides ha adquirido múltiples connotaciones con el paso del tiempo y es aun susceptible de nuevas interpretaciones. Entre los posibles impulsores de tales interrogantes los jóvenes nos encontramos ante un reto definitorio. A partir de las reflexiones, críticas y consensos que logremos realizar sobre una identidad nacional colombiana a partir los hechos de 1810 y sus implicaciones, se sustentará el modelo de sociedad que intentaremos construir en el futuro próximo.

Como categoría social y término de expresión cultural la juventud es realmente una construcción contemporánea. Recién en la tumultuosa década de 1960 y a la estela de los acontecimientos de mayo del 68 en Francia, los jóvenes hicieron su aparición en la escena pública social, con el entorno universitario como su principal foco. Particularmente en Colombia la dinámica de los movimientos juveniles en los sesentas y setentas abrió el campo para la posterior institucionalización de las ciencias sociales modernas en las universidades. De modo que, las primeras interpretaciones críticas y basadas en un método científico sobre el proceso independentista pueden considerarse también juveniles, no sólo por su temporalidad reciente sino además por el contexto vivencial de sus impulsores.

A la hora de orientar nuestras dudas sobre el bicentenario los jóvenes encontramos tres vertientes principales la cotidiana popular, la institucional tradicional y la académica investigativa, en ese orden de disponibilidad. En la primera, propia de los relatos circulantes en nuestro entorno social primario tienden generalmente hacia una versión escéptica y rudimentaria según la cual esos alejados hechos del siglo XIX no tienen relación con nuestra actualidad y en realidad no representaron un cambio significativo. Esta es quizá la primera y más cercana versión a la que accedemos. La segunda procura justificar la conservación de las jerarquías del poder político y económico ofreciéndonos una visión idealizada de héroes y gestas admirables, la historia de los criollos héroes y los españoles villanos. De ella nos nutrimos en algunos textos escolares, los actos oficiales y los medios de comunicación. Y con la tercera nos enfrentamos a visiones más elaboradas que buscan aproximarse a un conocimiento certero del proceso emancipador. Ante la erudición de los conceptos y el manejo de información documental los planteamientos académicos resultan esquivos para la mayoría de los jóvenes.

Ahora bien, cualquier reflexión que podamos plantear los jóvenes sobre la celebración bicentenaria corresponderá con las condiciones e influencias de nuestra época. No tendría porque ser de otra manera. Por más influencia que recibamos de las generaciones predecesoras somos y nos encontramos en momentos diferentes a ellos. Por lo tanto, no debe parecer inconveniente o superfluo que los jóvenes nos interesemos por conocer los diversos sucesos asociados a 1810 mediante las plataformas de información vigentes (internet y medios audiovisuales en general); ni tampoco que deseemos conocer elementos diferentes a la política o la economía, como los acontecimientos cotidianos o los procesos alternos, ojala sin caer en el cliché de los medios de comunicación privados con sus intrascendentes novelas comerciales o documentales apresurados y superficiales.

En fin la real trascendencia que los jóvenes demos a la efemérides bicentenaria debe transcender la simple rotura de un florero, la publicación de insulsas cartillas informativas, la apreciación de un desfile militar o la inauguración de obras públicas en nuestra localidad. Así pues, y para dejar abierto el debate, en cercanías al 20 de julio valdría la pena que los jóvenes colombianos discutiéramos sobre la real inclusión de nuestras inquietudes en programas gubernamentales teóricamente diseñados para ello, como el proyecto de Historia Hoy: aprendiendo con el bicentenario y sus famosas doscientas preguntas, o los ciclos de conferencias y eventos organizados en todos el país por la alta consejerías presidencial para el bicentenario (de los cuales a lo mejor no tuvimos suficiente conocimiento y parecen más bien oportunidad para que ciertos favorecidos se beneficien). E incluso si los espacios gubernamentales, son los únicos desde los que podemos reflexionar sobre nuestra identidad nacional.

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