NOTAS SOBRE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS DE LA LITERATURA SANTANDEREANA DEL SIGLO XIX

NOTAS SOBRE ALGUNOS ELEMENTOS HISTÓRICOS DE LA LITERATURA SANTANDEREANA DEL SIGLO XIX

a)    La familia y el matrimonio:

Flanqueado por formaciones montañosas andinas y una espesa selva ribereña, el entorno territorial santandereano combina factores geográficos propicios para el aislamiento físico y social de las comunidades allí instaladas. A partir de ello, sus habitantes adoptaron progresivamente una personalidad de “hombres austeros y laboriosos, hechos a la medida y semejanza de un paisaje inclemente y predispuestos a asumir una pobreza digna y limpia” . Algunas obras pioneras de la literatura regional nos da una aproximación al arraigo de dichas concepciones en la sociedad santandereana de segunda mitad del siglo XIX.

En su novela Resignación (1863) el escritor piedecuestano Daniel Mantilla Orbegozo recrea la peculiar historia de las hermanas Luisa y Blanca, quienes tras la muerte de su padre a causa del conflicto político partidista se ven condenadas a la pobreza y marginalidad social. A partir de la ruptura ocasionada con el matrimonio de una de las hermanas, y su alejamiento a una vida más acomodada, el relato denota la inusitada preocupación de entonces por la confrontación de los valores y formas tradicionales con un espíritu emergente, caracterizado por el egoísmo y la falta de solemnidad .

En una línea similar, Escenas de nuestra vida: Los dos amigos (1873) de la veleña Pomiana Camacho de Figueredo aborda las reflexiones retrospectivas de Carlos y Arturo, dos amigos de infancia que se reencuentran en la adultez avanzada para compartir sus experiencias de vida. Desde allí la autora describe lo que considera una forma de vida “descompuesta y sumida en el nuevo sistema de valores, donde el dinero, su búsqueda y su tenencia serán la única preocupación del hombre”[3]. El olvido e irrespeto por la familia y la contravención a los preceptos inculcados desde ella son representados en esta obra como fuertes catalizadores de vicios y conductas indebidas. De antemano he referido que fui desaplicado y desobediente con mis padres. No contaba con ellos, porque los desagradé entrando en la carrera del mundo muy temprano; entregando mi corazón a todos los desordenes”[4], decía Carlos a su amigo a Arturo sobre su juventud.       

Como se observa, la reciedumbre altanera y el autonomismo de los santandereanos, forjados alrededor de un exigente modelo de trabajo basado en la combinación de la artesanía domiciliaria con la aparecería campesina[5], contribuyeron a configurar su mentalidad tradicionalista. Crecer entonces en una familia estructurada acorde al parámetro socio-religioso predominante representaba la oportunidad de acceder a ciertos beneficios u oportunidades. La figura de un padre cabeza de hogar era entonces un referente identitario significativo, influyente tanto en el delineamiento de la vocación económica y política como en la adopción de determinadas costumbres[6].

 

Si bien surgieron algunas modificaciones parciales, la percepción generalizada de la familia de mediados del siglo XIX no denotaba una ruptura significativa con lo establecido previamente. Aunque predominaban las uniones informales, aun se ennoblecían las alianzas establecidas a partir del matrimonio católico e indisoluble[7]. Al parecer en medio de las fuertes convenciones sociales hubo más de una opción a elegir, por lo que asimilar una determinada forma de unión familiar tenía una prefiguración asociada con las convicciones políticas, las condiciones económicas y el bagaje cultural correspondientes a cada caso.   

 

Rasgos característicos de las representaciones del matrimonio en Santander a finales del siglo XIX fueron bosquejados por Cándido Amézquita en La Mujer infiel (1886). Mediante la descripción de los padecimientos de Expósito a causa de las infidelidades de su esposa Liberta, esta novela le asigna a la unión nupcial una función armonizadora de vital importancia en la sociedad, a través de la cual se consagra unívocamente el amor y es posible que la mujer reciba del hombre la necesaria protección a sus bondades[8]. Ante semejante magnitud, las repercusiones del irrespeto al matrimonio perpetrado por Liberta justifican y dilucidan la visión tradicionalista de la época: si hubiera comprendido cuanto valía su esposo (…) indudablemente hubiera sido muy feliz, muy feliz al lado de su marido trabajador, honrado, tierno y generoso, y hubiera labrado su felicidad”[9].        

 

El arraigo de esa inercia tradicionalista es también perceptible en el carácter de la literatura santandereana previamente referenciada. Esfuerzos como el de Mantilla Orbegozo por plasmar en Resignación una prosa pulida y una trama elocuente no fueron la regla común en las obras literarias elaboradas durante el siglo XIX en Santander. Con Escenas de Nuestra y la Mujer infiel, Amézquita y Camacho de Figueredo se concentran respectivamente en que sus obras funjan de instrumentos para la difusión y conservación de concepciones determinadas sin detenerse en contemplaciones artísticas muy elaboradas. Bien se ha destacado el propósito aleccionador asumido generalmente por las experiencias literarias de la época, derivado del contradictorio contexto político[10].

b) La educación:

Junto a la familia, la educación es un mecanismo central para la reproducción de valores y conductas determinadas en una sociedad, lo cual se evidenció claramente en el contexto de reformas novedosas en el proceso de construcción estatal colombiano experimentado a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En 1863 se proclamó en Rionegro (Antioquia) la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Con ella y en medio del ascenso al poder del liberalismo radicalse afirmóel fortalecimiento del sistema federal, la amplia consagración normativa de derechos individuales y el predominio del legislativo sobre el ejecutivo[11]. Desde su ordenamiento como Estado Soberano en 1857, Santander había adquirido un protagonismo en la escena política liberal que se reforzaría precisamente con los procesos generados por la nueva carta constitucional[12].   

           

Los abanderados del proyecto radical se propusieron erradicar los vestigios persistentes del dominio monarquista hispánico, para organizar a Colombia como una sociedad republicana tutelada por un estado laico y el librecambio económico. Dicho ideal se forjó en estos individuos a partir de su conocimiento de los postulados de Bentham, Tracy, Voltaire y Rousseau— aderezados con la prosa de Dante, Víctor Hugo, Dumas y Lamartine— y por las vivencias personales de sus viajes a Europa o los Estados Unidos[13]. En este mosaico conceptual-experiencial la educación se constituía transversalmente en un aspecto clave para la adopción de los más altos principios legados de la modernidad liberal.          

 

Entre las acciones que permitirían la anhelada “civilización” de los colombianos y su enrutamiento hacia el progreso, el liberalismo radical concibió la labor educativa como la formación de una ciudadanía ilustrada que en ejercicio de su autoconciencia cumpliera los principios de libertad, racionalidad y autonomía[14]. La dimensión de semejante compromiso implicó todo un replanteamiento de las concepciones sobre la educación vigentes en la época, tanto de los contenidos y métodos de enseñanza como de las responsabilidades y compromisos estatales en la dotación del sistema educativo.  

 

Para entonces era necesario superar las adversidades de un contexto signado por la baja supervisión a los estudios superiores, profundas carencias físicas y de educadores en las pocas escuelas públicas existentes y el desconocimiento en la población de las ventajas de la formación escolar[15]. Frente a ello la élite intelectual del radicalismo ideó un proyecto de transformación cultural masivo que contemplaba la difusión del utilitarismo, el sensualismo y la moral laica en forma homogénea[16]. En razón de la estrecha vinculación de los santandereanos con el proyecto radical, no era de extrañar entonces que en dicho entorno se idearan algunas alternativas del modelo educativo propicio para lograr una transformación efectiva de la sociedad.  

 

Tras diversas discusiones, propuestas y realizaciones parciales, orientadas por una intención coherente de las administraciones previas, los anhelos del radicalismo liberal se verían consumados en la reforma educativa de 1870. Con la promulgación ese año del Decreto Orgánico de Instrucción Pública, el gobierno de Eustorgio Salgar dio cabida al primer esfuerzo integral por establecer un sistema educativo público en Colombia[17]; mediante la implementación de visiones  curriculares encaminadas a orientar la labor pedagógica en función de las nuevas perspectivas que se le asignaban respecto a la formación de ciudadanos y la consolidación de una sociedad republicana.    

   

En particular el Decreto Orgánico de la Instrucción Primaria reunía principios básicos como: la obligatoriedad de la educación, el desarrollo de la iniciativa del educando bajo orientación del maestro, la trasmisión de valores de nacionalismo y ciudadanía, una formación laica sin predominio de un culto religioso particular, la promoción del contacto con la naturaleza y la educación física, el desarrollo de una enseñanza interpretativa antes que memorística y la afirmación de la autonomía individual de los educandos[18]. Preceptos que denotan fehacientemente la asimilación de los referentes europeos que impregnaban todo el proyecto político-ideológico del radicalismo colombiano.

 

A pesar de las dificultades en su aplicación plena, la reforma educativa de 1870 tuvo un impacto considerable en el Estado Soberano de Santander gracias a que allí se había consolidado previamente un programa formativo propio, el cual se compaginó con las disposiciones centrales del Decreto Orgánico de Instrucción Pública; de ahí los bueno niveles de asistencia a las escuelas públicas santandereanas registrado entre 1870 y 1875[19]. Ahora bien, el liberalismo radical promovió la autonomía como principio esencial para promover la transformación de la sociedad colombiana[20]. Más allá de la retórica insuflada, el énfasis asignado por los gobiernos radicales a la instrucción básica de toda la población puede interpretarse a modo de una orientación hacia el autonomismo de los educandos.

 

Las escuelas oficiales se centraron entonces en brindar a estos individuos las orientaciones indispensables en el desarrollo funcional de sus actividades cotidianas, lectura, escritura y nociones matemáticas, de modo que pudieran potenciarlas a beneficio de sus condiciones materiales y espirituales; pero el trasfondo de dicho propósito parecía tener implícito el interés de inculcar también un compromiso personal de búsqueda y aprovechamiento formativo aun fuera de las aulas de clase.

 

Como señaló Nepomuceno Navarro en algunos apartes de su novela El Camarada (1871), la sociedad colombiana entendió tempranamente que por el predominio de relaciones clientelistas la educación no necesariamente garantizaba el acceso a un empleo determinado, ni promovía directamente el ascenso social. Así lo dejaba claro “El Camarada” a sus amigos: “Seguramente te has entregado mucho al estudio, y esta es la causa de tu enfermedad. Tiempo perdido (…) pues en nuestra patria los sabios hacen el papel más desairado, si a su instrucción no le acompañan un bolsillo repleto de amarillas”[21].

 

c) Política y guerras civiles:

 

Aunque El Socorro fue la capital del Estado y congregó un predominio avasallador en la escena radical, para el último tercio del siglo XIX Bucaramanga tenía ya una importancia considerable en el entorno santandereano; no se mantuvo al margen de los principales procesos y acontecimientos  del horizonte político de entonces, configurado por la exacerbada confrontación de intereses partidistas a través de las guerras civiles[22]. La oposición del clero y el conservatismo a las medidas educativas radicales, sumada a la crisis en las exportaciones colombianas a partir de 1873, configuró la polarización que desencadenaría la confrontación armada de 1876; en la cual el Estado de Santander tuvo una participación militar y política definitiva a favor del radicalismo[23].

 

Más aún, el entorno político santandereano de finales del XIX se vio marcado por otra problemática significativa: los sucesos desarrollados en 1879 por “Los Pico de Oro”. En el entramado de ambas situaciones se trazaron polaridades político-económicas ampliamente conflictivas, alrededor de las cuales se alinearon diversos sectores sociales y se generó todo un proceso de identificación colectiva. Los controversiales comicios presidenciales de 1875 confirmaron la división interna del liberalismo colombiano, precisamente configurada entorno a quienes encabezaron dicha disputa electoral, Rafael Núñez, al mando de la facción reformista, y Aquileo Parra, en representación de la facción radicalista tradicional[24].

 

La confrontación de estos bandos adquirió especiales connotaciones en Santander debido al papel desempeñado por Solón Wilches, quien tras ser destituido en la jefatura de la Guardia Colombiana y confrontar políticamente al propio Parra decidió liderar las iniciativas regeneradoras del nuñismo[25]. Las contradicciones generadas por la figura de Wilches no fueron constantes ni expresaron un compromiso pleno con una causa determinada, por el contrario, se mostraron volubles según las necesidades e intereses de su “proyecto político” personal[26]. Fiel expresión de ello fue su transición entre el liderazgo de la resistencia armada santandereana en la guerra civil de 1876 a favor del gobierno radical; el alineamiento con las fuerzas reformistas del independentismo liberal representadas por el presidente Julián Trujillo a partir de 1878; y su apoyo en la fuerzas conservadoras alinderadas en el proyecto regenerador nuñista[27].

  

Al ya complejo escenario de dichas divergencias se sumaron las contradicciones derivadas de los sucesos septembrinos de 1879 en Bucaramanga, enmarcado en la emergencia de los sectores populares como grupos políticos autónomos y su relación con las élites monopolizadoras del ejercicio gubernamental. Aunque el apoyo brindado al golpe estatal de Melo (1854) motivó su discriminación en los círculos partidistas, sociedades democráticas como “Los Picos de Oro” fueron una forma de sociabilidad política favorecida por las disposiciones del radicalismo liberal respecto a la libertad de asociación y expresión[28]. Así, tales agrupaciones se constituyeron progresivamente en actores beligerantes de las discusiones políticas y socioeconómicas del momento.   

            

Un aspecto central de los señalamientos promovidos contra las sociedades democráticas fue la asociación de la condición humilde de sus miembros con prácticas y creencias “poco civilizadas” como la vagancia, el delito y la insolencia. Nepomuceno Navarro esbozó esta situación con su novela El Zapatero (1871), a través del lamento en uno de sus personajes sobre las negativas representaciones establecidas hacia los sectores artesanales: “el gobierno toma siempre un decidido empeño en atormentar y hacer sentir el peso de la autoridad sobre los artesanos o labriegos; se nos persigue como vagos… a nosotros que bajo el peso del trabajo duro, buscamos con honor la manera de satisfacer nuestras más imperiosas necesidades”[29].

 

Un nefasto incentivo al desarrollo de tantas guerras civiles en Colombia durante el siglo XIX fue el escaso carácter resolutivo de las mismas. Nunca en ellas el bando triunfador logró integrar adecuadamente a los opositores en su proyecto político; en realidad las conclusiones de una disputa incubaban el germen de la siguiente[30].

A mediados de 1884, los controversiales comicios presidenciales del Estado de Santander expresaron fidedignamente el enfrentamiento entre un radicalismo acorralado y el vigoroso proyecto regenerador nuñista. El rechazo de los liberales santandereanos a la continuidad del proyecto político de Wilches —criticado además del fraude electoral por su cercanía con “Los Picos de Oro” y la tardía reacción gubernamental ante “Los sucesos de Bucaramanga”— fue en el resto del país una bandera de lucha para quienes contrariaban el retorno al solio presidencial de Rafael Núñez; mas este asumió dichas circunstancias como una oportunidad estratégica para derrotar a los radicales y consolidarse en el poder[31].

Si el litigio electoral en Santander fue el “chispazo” que originaría la guerra, a las riberas, valles y playas de la costa Caribe correspondió ser el escenario de las confrontaciones definitivas. En razón de ello, las milicias liberales de Bucaramanga —con Bartolomé Rugeles a bordo— se  integraron en su mayoría al contingente comandado por el general Gabriel Vargas Santos, quien tras un recorrido iniciado en las llanuras del Casanare, con escalas en Boyacá y Santander, remontó la ribera del río Magdalena para unirse a las tropas del General Ricardo Gaitán Obeso en Barranquilla, a mediados de 1885[32].

 

Tras el fracasado intento de sitiar Cartagena, se acrecentaron las divisiones entre la generalidad liberal y las dudas sobre el camino a seguir en la sublevación ante el fuerte golpe allí propinado por las tropas nuñistas, apoyadas con goletas artilladas norteamericanas. Sorpresivamente, el jefe mayor de estado liberal Sergio Camargo arribó al teatro de operaciones caribeño para ponerse al frente de las tropas. El General Camargo tenía claro que la supervivencia militar de su colectividad dependía de asegurar un paso libre de retorno hacía Santander, por lo cual era inevitable el choque con los destacamentos enemigos aglomerados en la ribera del Magdalena. En la “batalla de La Humareda” los liberales, con un arrojo inmenso ante la adversidad, se sacrificaron a cambio de un triunfo sumamente adverso. Con las notables pérdidas materiales y espirituales que representó a estos sublevados dicho enfrentamiento, el camino hacia la victoria quedó despejado para el regeneracionismo conservador[33].

 

Tradicionalmente las guerras civiles del siglo XIX en Colombia se disputaron con tropas compuestas por reclutas forzados y mercenarios a sueldo acompañados de combatientes voluntarios. Mientras los reclutas y mercenarios solían enrolarse por motivos económicos o judiciales, sin una apropiación real de la causa que defendían, los voluntarios casi siempre se lanzaban a la lucha para refrendar sus convicciones políticas y ganar reconocimiento en su colectividad partidista. Al involucrarse por cuenta propia y sin estar acostumbrados a la subordinación propia de la vida militar, los voluntarios se caracterizaban por su ligereza en la lucha, pues siempre tenían a la mano la posibilidad de dejarla cuando lo consideraran necesario[34].

 

So pena de la difundida evocación a la bravura y tenacidad originada por sus protagónicas actuaciones en las disputas bélicas, los santandereanos sufrieron intensamente con el desarrollo de estas hostilidades. No en vano, las primeras obras de la literatura santandereana se avocaron a retratar los sufrimientos causados a los habitantes de esta región por tantas guerras. De este modo, los padecimientos físicos y espirituales representados por Nepomuceno Serrano en la figura del joven combatiente de varias guerras Ricardo Villalar,  protagonista de la novela Paulina o los dos plebeyos [35], fueron con seguridad los de muchos otros hijos de Santander para quienes las repercusiones de participar en la guerra del 85 se erigirían inevitablemente en un filtro significativo de todas sus experiencias subsecuentes.

 

 


[1] ORTIZ, Álvaro Pablo. Geo Von Lengerke constructor de caminos. Bucaramanga: UIS, 2008. 57 p.

[2] ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario (Editores). Novelas santandereanas del siglo XIX. Volumen I. Bucaramanga: UNAB, 2001. 395 p.

[3] Ibíd.  396 p.

[4] CAMACHO DE FIGUEREDO, Pomiana. Escenas de Nuestra Vida: Los dos amigos. En: ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario. Op. Cit. 249 p.

[5] MARTÍNEZ GARNICA, Armando. Poblamiento región santandereana: por los breñales de Santander. En: ZAMBRANO PANTOJA, Fabio (Compilador). Colombia país de regiones. Tomo II región noroccidental-región cundiboyacence.Bogotá: CINEP-COLCIENCIAS, 1998. 18 p.  

[6]  URREGO, Miguel Ángel. Sexualidad, matrimonio y familia en Bogotá 1880-1930. Bogotá: Ariel, 1997. 224 p.

[7] BERMÚDEZ, Susy. El bello sexo y la familia durante el siglo XIX en Colombia. Revisión de publicaciones sobre el tema. En: Revista Historia Crítica No 08- /Julio-Diciembre 1993. Bogotá: UNIANDES, 40 p. 

[8] SILVA ROJAS, Alonso. Novela santandereana del siglo XIX: Amor, Género y Guerra. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Novelas santandereanas del siglo XIX Volumen 2. Bucaramanga: Ediciones UIS, 2008.

[9] AMÉZQUITA, Cándido. La mujer infiel: Apuntes de la vida íntima en forma de novela histórica. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Op. cit. 385 p.  

[10] ESPAÑA, Gonzalo. et. al. Op. cit.  23 p.

[11] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Los radicales: historia política del radicalismo del siglo XIX. Bogotá: Universidad Externado, 2007. 212-213 p.

[12] DELPAR, Helen. The liberal party of Colombia. Michigan: University Microfilms, 1980. 2 p.

[13] JIMENO SANTOYO, Myriam. Los límites de la libertad: ideología, política y violencia en los radicales. En: SIERRA MEJÍA, Rubén (Editor). El radicalismo colombiano del siglo XIX. Bogotá: Universidad Nacional, 2006. 178 p.

[14] Ibíd. 185 p.

[15] CATAÑO, Gonzalo. Los radicales y la educación. En: Revista Credencial Historia. (Bogotá) Edición Nro. 66. Junio de 1995.

[16] MONROY, María del Pilar. La causalidad en la reforma educativa en Colombia a finales del siglo XIX. En: Memorias XI simposio internacional proceso civilizador. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2008. 401 p.

[17] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 388 p.

[18] Ibíd. 392 p.

[19] RAUSHC, Jane. Op. cit. 170 p.

[20] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 393 p.

[21] NAVARRO, Nepomuceno. El Camarada. En: ESPAÑA, Gonzalo. et. al. Op. cit.  179 p.

[22] TIRADO MEJÍA, Álvaro. El estado y la política en el siglo XIX. En: Nueva Historia de Colombia Tomo 2. Bogotá: Planeta, 1989. 171 p.

[23] ORTIZ MESA, Luis Javier. Los radicales y la guerra civil de 1876-1877. En: SIERRA MEJÍA, Rubén. Op. cit. 228-231 p.   

[24] DELPHAR, Helen. Aspectos del faccionalismo liberal en Colombia 1875-1885. En: BEJARANO, Jesús Antonio (Compilador). El siglo XIX en Colombia visto por historiadores norteamericanos. Bogotá: La Carreta, 1981. 355 p. 

[25] LESMES JIMÉNEZ, Libardo. Regeneración y faccionalismo liberal en el Estado Soberano de Santander 1875-1885. Bucaramanga: Ensayos de Historia Regional UIS 1995. 132 p. 

[26] DUARTE BORRERO, Juan Fernando. Bucaramanga: Ensayos de Historia Regional UIS 1995. 121 p.

[27] LESMES JIMÉNEZ, Libardo. Op. cit. 133-136 p.

[28] RAMÍREZ BUSTOS, Pedro Elías. Op. cit. 70 p.  

[29] NAVARRO, Nepomuceno. El Camarada. En: ESPAÑA, Gonzalo. et al. Op. cit. 118 p.  

[30] TIRADO MEJÍA, Álvaro. Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia. Op. cit. 10 p.

[31] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 591-598 p.

[32] ESPAÑA, Gonzalo. La guerra civil de 1885. Núñez y la derrota del radicalismo. Bogotá: El Ancora, 1985. 179-180 p.  

[33] MEJÍA ARANGO, Lázaro. Op. cit. 601-602 p.

[34] TIRADO MEJÍA, Álvaro. Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura, 1976. 20 p. 

[35] SERRANO, Nepomuceno. Paulina o los dos plebeyos. En: ESPAÑA, Gonzalo y PALENCIA SILVA, Mario (Editores). Novelas santandereanas del siglo XIX. Volumen I. Bucaramanga: UNAB, 2001.  155-233 p.

 

 

 

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