Las Ciudades Efímeras

Manizales y la pérdida espiritual del sentido urbano

Recientemente nos preguntábamos en clase por lo que hace realmente ser a una ciudad. Encontrábamos en las ideas de origen germano del casi olvidado Oswald Spengler una pista en pensar que aquello que constituye de alguna manera el sentido del ser de una ciudad, es algo que el mencionado autor definía como su “espíritu”, algo así como la relación diacrónica entre su estructura física con la estructura moral que resulta de las tradiciones y aportaciones culturales de la comunidad que la habita.

Así mismo, hace poco recibí en uno de aquellos famosos correos en cadena que no me resultó tan antipático como de costumbre pues presentaba una serie de fotografías “históricas” de la ciudad de Manizales. El contraste entre aquellas fotografías con la realidad a la que me enfrento día a día al concurrir sus calles me llamó a la reflexión. ¿Cómo es posible que la ciudad de aquellas fotografías sea la misma de hoy? ¿Qué ha tenido que ocurrir en nuestra historia urbana colombiana para que la misma nomenclatura que ayer definía ciudades en todo su sentido, hoy nombren las aglomeraciones humanas que padecen todas las patologías posibles del mundo en “subdesarrollo”? O peor aún, si seguimos pues los argumentos hegelianos de Spengler, ¿podríamos considerar que habitamos ciudades sin alma?

Antes de emitir la sentencia se me pasa por la mente otra opción, la que podríamos llamar como “ciudades efímeras”. Las ciudades tienen como característica el trasegar por periodos históricos, de alguna manera independientes que hacen que siempre sean un espacio legado, heredado, que recibimos de las generaciones del pasado para transformar y reconsolidar. Manizales sin duda alguna vivió un momento de esplendor que engendró la economía cafetera. De una aldea de agricultores y desarraigados antioqueños pasó en pocos años a ser un emporio comercial y centro de acopio conectado con Nueva York y las grandes capitales. Creó un espíritu fuerte y auténtico que la desligó definitivamente de la tutela antioqueña y parió una nueva estirpe de políticos y hombres “cívicos”, la famosa generación conservadora del centenario grecocaldense que para bien o para mal le dio forma a su ciudad con el bareque republicano que empezó a adornar las fachadas, la famosa feria de inspiración sevillana y verdaderos proyectos ambiciosos como el cable aéreo y el ferrocarril.

Hoy de todo eso no queda nada. Como la mayoría de centros urbanos de las ciudades latinoamericanas, el de Manizales se vino abajo invadido por comercio informal y por un uso desequilibrado en sus edificaciones tradicionales que lentamente permitieron pensar que ya no debían estar allí, se llenaron de persianas metálicas en las noches y de chaquetas de “bajar con palo” en el día.

“Se perdió el encanto”. La perdida paulatina de eso que el vecino anciano que se resiste en alguna de las esquinas aún habitadas que define como “encanto”, no es más que la construcción colectiva del pasado que iba más allá de la estructura física y que ha ido desapareciendo al mismo ritmo, lo que para Spengler es la pérdida del “alma urbana”. En los años subsiguientes al periodo de “La Violencia” en Colombia asistimos a la desarticulación del proyecto de ciudad para dar paso al de la aglomeración. El desencuentro con los ciudadanos del pasado, la negación a una construcción colectiva que reivindica la “identidad”, es el triunfo de la inmediatez en todo, la arquitectura, la producción económica, las relaciones sociales. La perdida de la polis.

Por ello es que se nos antoja pensar en lo que podría ser la “ciudad efímera”, un proyecto fallido de ciudad. El caso de Manizales es evidente, de ciudad epicentro pasó a ciudad tugurio, con pésimos servicios públicos y de transporte, con pérdida del deseo de ambicionar en grande, no en centros comerciales, sino en verdaderos espacios que permitan a sus habitantes, la oportunidad de construir nuevamente aquello que se ha perdido tras la niebla del desarrollo: su espíritu.

 

 

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Preámbulo

En sentido amplio, este blog pretende reflexionar en torno a los procesos de movilidad de población que han concluido en la conformación de comunidades; y en un sentido más específico, busca aportar información y emitir opiniones sobre el caso particular de los procesos de colonización y conformación de núcleos urbanos en Colombia.

 

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